jueves, 22 de diciembre de 2016

MENSAJE DE NAVIDAD 2016 ¿QUÉ NAVIDAD QUEREIS CELEBRAR?

MENSAJE DE NAVIDAD 2016
¿QUÉ NAVIDAD QUERÉIS CELEBRAR?
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la virgen y se hizo hombre

La Navidad es una Buena Noticia. Mejor dicho, es LA BUENA NOTICIA. La mejor de las buenas noticias que le haya podido llegar a esta humanidad sufrida y doliente. La Navidad no es sólo un mensaje, no es una teoría, como el Big Ban; la Navidad es un acontecimiento, un hecho histórico, una evidencia del infinito amor de Dios por nosotros. Así habla Dios: a través de hechos, de acontecimientos.
En el antiguo Testamento habló a través de la historia del pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento, habló a través de la persona de su mismo Hijo, el Verbo Eterno. Así empieza la Carta a Los Hebreos: “Muchas veces y de muchas maneras Dios habló en la antigüedad a nuestros padres por medio de los profetas. Y ahora, en este tiempo final, nos ha hablado por su Hijo” (He 1,1). Así lo narra San Juan al inicio de su evangelio: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14).
Antes del evangelio escrito, hubo un evangelio vivo. Será la perfecta coherencia entre el modo de vivir de Jesucristo y sus enseñanzas que impactarán profundamente a sus oyentes y arrastrará tras de él a los discípulos. (Cf Lc 4,31-36). Por eso es tan importante que nos fijemos en cada detalle de lo ocurrido en la noche de Belén.

Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Mesías les dieron como señal: “Encontrarán a un niño recién nacido, es decir que no habla; envuelto en pañales, es decir, un criatura de padres pobres, acostado en un pesebre, no solamente pobre sino entre animales.  Este inicio de pobreza, silencio y trabajo se prolongó luego durante más de 30 años en el taller de Nazaret al lado de sus padres. Es tan fuerte este período de su vida que más adelante él será conocido como Jesús, el de Nazaret, el Nazareno.  
Su predicación respaldará plenamente esta vivencia. Proclamara: “Dichosos los pobres porque a ustedes les pertenece el Reino de Dios” (Lc 6,20). “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las revelaste a los pequeños” (Lc 10,21). “Todo lo que le hagan a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt 25,40).
La Navidad cristiana es por consiguiente en su núcleo esencial la aparición de Dios en este mundo, no como un fantasma, ni como un ídolo, ni como una fuerza suprema gravitacional, sino como un ser humano, como un  niño de padres humildes, sencillos y pobres. Siempre hay que volver al corazón mismo de esta fiesta porque hoy en día Navidad se ha vuelto un bosque de arbolitos, de adornos, de Santas, de regalos, de consumos, de gastos, de reuniones sociales, bosque tan envolvente que ha ido quitándole el puesto a la verdadera Navidad. La globalización comercial ha ido imponiendo a través de sus cuñas publicitarias el mensaje de “Felices Fiestas” en vez de “Feliz Navidad”.
Yo los invito, mis hermanos y hermanas, a detenernos un momento a ante el pesebre de nuestro templo parroquial o el de nuestra casa a para contemplarlo. Hagamos como Moisés en el desierto cuando cuidaba las ovejas de su suegro Jetró, que cambió su ruta para ir una zarza sorprendente que ardía sin consumirse (Ex 3,1-3). Detengámonos y preguntémonos: ¿Por qué el evangelista contrasta la noticia del nacimiento con la otra noticia del censo ordenado por el Emperador Augusto? ¿Cómo es eso que ese Niño-Dios no nació en una cuna en su casa, sino en pleno desplazamiento de sus padres? ¿Cómo es eso que José, siendo nativo de Belén, no encontró lugar decente y adecuado para el parto de su esposa y tuvo que acomodarla en el fondo de una cueva? ¿Cómo es eso que, si bien unos ángeles le cantaron en el cielo, los primeros testigos de su nacimiento fueron unos pobres pastores de ovejas? ¿Por qué Dios quiso llegar al mundo así, de modo tan difícil, tan pobre, con testigos de tan poca calificación? 
El evangelista Lucas quiere que entendamos que la Buena Noticia que cambia el rumbo de la historia no la da el emperador Augusto desde su palacio romano sino un infante desde una cueva en un pueblo desconocido. Los tiempos han llegado a su plenitud (Cf Gal 4,1-4) y la fuerza para construirlo no está en la dominación ni en la explotación del hombre por otro hombre sino en el poder del amor hecho entrega y servicio hasta la muerte.  La Buena Noticia no llega de una gran capital: Roma, Jerusalén, sino de Belén, un pueblito desconocido, de la periferia del mundo. Así habla Dios. Así llega Dios a este mundo. Así es el camino abierto por Dios en esta humanidad para salvarnos. Ese es el camino que nosotros también como discípulos-testigos de la noche de Belén estamos llamados a recorrer.
Una Navidad así es muy cuestionadora, muy cruda para los gustos de nuestro mundo. Mejor entonces edulcorarla, volverla un cuento bonito, como un cuento de hadas más, y reemplazarla por historias que nos embelesen pero que no nos lleven a cambiar nada en nuestras vidas. Nos sentimos sin duda más cómodos con un Santa que llega con todo su carruaje de renos repleto de regalos; con un supuesto “espíritu de navidad” con olor a mandarinas y con otras fórmulas séudo navideñas que nos incitan a centrarnos en nosotros mismos, a encerrarnos en nuestras cápsulas egoístas y a olvidarnos del sufrimiento y dolor que nos rodea.
La Navidad de este año acontece  en un mundo dominado por grandes poderes imperiales,  convulsionado por el terrorismo, con campamentos abarrotados de refugiados, por naufragios en alta mar de pateras sobrecargadas de migrantes desesperados que buscan huir de la miseria, de inmensos cruceros navideños llenos de turistas que se dan la buena vida. Acontece en una Venezuela donde los niños mueren de hambre, las familias no tienen cómo abastecerse, los enfermos no consiguen medicinas, donde no hay seguridad en ninguna parte, donde el diálogo no avanza, la miseria crece, las familias se disgregan.
En medio de tanta desesperación, necesitamos celebrar Navidad. Necesitamos escuchar nuevamente el canto de los ángeles. Necesitamos ir con los pobres pastores a ver al niño y con José y María recargar de esperanza nuestras almas vacías. Necesitamos celebrarla familiarmente, comunitariamente. Celebrarla con sencillez y austeridad pero celebrarla. José y María no pudieron celebrar su primera Navidad con su familia. Un capricho del emperador los había dispersado. Muchos de nosotros no podremos reunirnos todos en familia. Muchos estarán lejos, en otros países. No la vamos a poder celebrar con todas nuestras tradiciones culturales y culinarias. Pero eso no significa que no podamos celebrar la Navidad.
Mantengamos viva nuestra fe, nuestras celebraciones y las hermosas tradiciones que fortalecen los lazos del regalo más bello de esta tierra después del Niño Dios: la familia. No dejemos de reunirnos en familia, los que estemos, y compartamos lo poco o mucho que llevemos para la comida. No dejemos que la inseguridad o el miedo nos impida  ir juntos a la misa de Nochebuena o del día de Navidad. No dejemos de alegrarnos, de cantar  “Niño Lindo” mientras destapamos el niño Jesús de nuestro pesebre casero. No dejemos de comunicarnos con nuestros seres queridos. No dejemos de tomar en cuenta a nuestros familiares mayores, enfermos. Nadie nos puede robar el gozo de celebrar la Navidad.
Navidad es un acontecimiento. Hagamos también de nuestra Navidad un acontecimiento de amor y solidaridad. En momentos tan difíciles como los que atraviesa nuestro país, seamos solidarios y afectuosos con nuestros semejantes, con el que nos necesite, sólo así daremos un sentido pleno a la festividad del nacimiento de aquel niño, venido de Dios, y que, siendo Dios mismo, nos pidió amarnos como él nos amó. Esa, y no otra, es la verdadera esencia de la fiesta que el Señor quiere que tengamos en la tierra.
 Les deseamos a todos una Feliz y Santa Navidad 2016.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI              + Angel F Caraballo Fermín
    Arzobispo de Maracaibo                                 Obispo Auxiliar


Feliz Navidad!!!


domingo, 20 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO - CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA - HOMILIA

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
CLAUSURA DEL AÑO  JUBILAR DE LA MISERICORDIA
HOMILIA

Muy apreciados sacerdotes concelebrantes, queridas religiosas, miembros de la directiva del Consejo Arquidiocesano de Laicos, Miembros de la Comisión del Jubileo, Amado pueblo santo de Dios.
¡Que la paz de Jesús, rostro misericordioso del Padre, Rey y Salvador nuestro, esté con todos ustedes!
Hacemos nuestras las palabras del Apóstol San Pablo que han sido proclamadas en la segunda lectura: “’Damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.
Como hemos escuchado en la monición de entrada, estamos reunidos en esta Santa Iglesia Catedral Metropolitana para clausurar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Un año de portentoso regocijo y crecimiento espiritual. En esta celebración, tenemos “ante todo sentimientos de gratitud y reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia”.
Hoy, domingo, fiesta de Cristo Rey del Universo, “encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir de todos en el próximo futuro” (MV, 5).
En modo particular  pedimos al Señor que derrame su infinita misericordia  en nuestro querido pueblo, el cual está atravesando una severa crisis económica, social, política y, especialmente, espiritual sin precedentes en nuestra historia.  Una crisis que se va acentuando al pasar de los días, y que va sumiendo en la desesperación y el desamparo a la población: alimentos escasos y caros, alza galopante en los precios de productos y servicios, inseguridad personal, crispación política.  Mons. Claudio María Celli, enviado del Papa Francisco, quien  está sirviendo de facilitador en la mesa de diálogo entre Gobierno y Oposición, a petición de ambas partes, afirmó días atrás: “si fracasa el diálogo nacional entre el gobierno venezolano y la oposición, no es el Papa sino el pueblo de Venezuela el que va a perder, porque el camino podría ser el de la sangre”. Ninguna persona sensata quiere eso para esta tierra. La buena voluntad, por encima de las banderías debe prevalecer, de forma que se construyan los necesarios acuerdos para ir superando la honda crisis que nos aflige y constriñe.
Por ello, pedimos a Jesús, Rey de Paz y de Justicia, en esta Eucaristía, que ilumine las mentes y los corazones de quienes están sentados en la mesa de diálogo, de manera que sientan el clamor, las angustias y preocupaciones del pueblo, y dejen de un lado los intereses particulares y partidistas; que dialoguen como gentes civilizadas, sin descalificaciones ni descréditos; que esa mesa sea un espacio de encuentro en cual se logren acuerdos y consensos consistentes y duraderos.
Los grandes líderes, aquellos que han trabajado por la paz del mundo, son unánimes al proclamar que la violencia trae más violencia, y que debe, como dijo San Pablo vencerse  “al mal a fuerza de bien” (Rom. 12, 21). El Papa, en el reciente encuentro con los Movimientos Populares en Roma, por ejemplo, citaba unas palabras de Martin Luther King. Ellas, nos pueden ser útiles para entender cuáles han de ser los frutos del diálogo en beneficio del país, sobre todo con el compromiso de abandonar todo tipo de violencia: “Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal”.
videoY hoy en Venezuela, se necesitan personas fuertes que puedan vencer la cadena del mal y construir, en diálogo fraterno, la Venezuela que todos de verdad queremos. En las horas de mayor calamidad en nuestra querida tierra es necesario el sacrificio, debemos recordar  siempre aquel adagio popular “a grandes males, grandes remedios”. Deben ponerse en juego lo mejor de nuestras habilidades y sentido común para construir los espacios, los cauces y escenarios que nos ayuden a superar la aguda crisis que se padece. Ello es impostergable y necesario.
¡Es necesario que Cristo reine!, no sólo en nuestros corazones ni en la Iglesia, sino en el mundo, pues su reinado nos trae verdad, justicia y amor. Nos trae, sobre todas las cosas, la salvación eterna, el grandioso y eterno testimonio del amor del Padre a través del sacrificio de su unigénito.
Las lecturas de este domingo nos hablan de las razones para que Cristo sea nuestro rey y cuáles son los beneficios de su reinado:
.  Jesús es un rey-servidor enviado por el mismo Dios, el cual lo adornó de todas las cualidades que necesitaba para tal puesto.
.  Jesús tiene todas las cualidades para ser el mejor de todos los reyes. Tiene poder para vencer el mal bajo todas sus formas, por muy poderosas que sean. Trae la paz, la libertad y la justicia.
.  Jesús consiguió ese título por su obediencia al Padre y su entrega amorosa a favor de los pecadores, de los enfermos, de los pobres y más abandonados.  
.  Jesús es un rey que quiere reinar. ¿Dónde? En nuestras palabras, en nuestras acciones y en nuestros pensamientos, en la familia, en el negocio y hasta en nuestra cartera, haciendo que dediquemos parte de nuestro dinero para extender su reino de misericordia.
El pago que les dará a sus servidores será decirle un día: ‘hoy estarás conmigo en el paraíso”. Mejor paga, mejor premio, nadie puede ofrecer.
Es rey porque tiene poder. El mismo lo dijo: “todo poder se me ha dado en cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Tiene poder sobre la naturaleza: calma las olas, hace callar al viento. Tiene poder sobre las enfermedades: cura ciegos, sordos, paralíticos, leprosos.  Posee poder sobre los espíritus malos: bastaba que les dijera una palabra y dejaba libres a quienes tenían poseídos.  Y ese poder lo sigue ejerciendo día por día en todas partes en favor de los que tienen fe en él. Sin fe es imposible agradar a Dios, a Cristo que es Dios mismo y portentoso Rey.
Ante este rey, no podemos permanecer neutrales, pues, como él afirma: “quien no está conmigo, está contra mí”. Y no conviene estar contra Él, pues quien choca contra esa piedra angular se despedaza y se arruina.
Nuestro Rey tiene como trono la cruz. Su corona no es de oro, ni plata, ni bronce, sino de espina. Su capa, color purpura, es la sangre que brota de su espalda flagelada y por medio de la cual hemos recibido el perdón de nuestros pecados. Su bastón de mando es el servicio, porque vino a servir y dar su vida en rescate por muchos. Su programa es crear la civilización del amor, pues “’Él es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba” (Ef 2, 14-16)
Vale la pena servir a este gran rey que nos concederá la felicidad plena. Se cuenta que cuando San Francisco de Asís era joven, se fue a la guerra a servir bajo las ordenes de un capitán militar. Y una noche oyó que una voz del cielo le decía: ¿por qué dedicarse a servir al esclavo, en vez de dedicarse a servir al Señor y Dueño de todo? Desde entonces dejó las armas y se dedicó por completo a servir a Jesucristo que es el único rey que jamás pierde batallas ni puede fracasar nunca en sus empresas. ¿Haremos nosotros otro tanto? ¿A quién vamos a servir? ¿Encaminamos nuestras acciones a servir a los más pequeños del Rey Jesucristo?
A ese Rey hemos servido durante este Jubileo de la Misericordia en los pobres cumpliendo las obras de misericordias, corporales y espirituales. De ese Rey, hemos recibido copiosamente el perdón de los pecados principalmente a través del bautismo y del sacramento de la confesión. Ese Rey, nos ha mostrado con su actuar el verdadero rostro misericordioso del Padre. Y la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo, nos ha administrado el don inestimable de la indulgencia, creando en nosotros un corazón nuevo, nos ha renovado interiormente, nos ha afianzado con un espíritu nuevo. Ese Rey, nos invita a que lo imitemos, siendo misericordiosos como el Padre y entregando nuestra vida al servicio de los más necesitados. Por todo ello, demos gracias a Dios.
En esta clausura del año del jubileo de la Misericordia pedimos a Dios que se cumpla en nuestro pueblo y en el mundo entero, aquellas sabias palabras del profeta Amós: “Que el derecho corra como el agua y la justicia como un torrente inagotable” (Am 5,24)”.   Que el Señor, en su infinita bondad toque corazones y almas, renueve esperanzas y siembre concordia, serenidad y bienestar físico y espiritual entre todos nosotros.
Esta Iglesia Catedral, madre de todas las Iglesias de la Arquidiócesis, ha sido testigo de excepción al acoger durante este año jubilar a los fieles que atravesaron la Puerta Santa, y se acercaron a la Fuente de la Salvación, que es Cristo, en su Palabra y en los sacramentos. Agradezco sinceramente a Mons. Jesús Antonio Quintero y al Padre Silverio Osorio con todo su equipo pastoral  su valiosa e inestimable ayuda. La celebración de este año ha contribuido sin duda alguna a devolverle a nuestra sede catedralicia la centralidad que le corresponde entre todos los templos arquidiocesanos y a mirar con renovado amor el rostro del Cristo Negro.
Agradezco, igualmente, a la Comisión Arquidiocesana del Jubileo presidida por Mons. Ángel Caraballo, su dedicación, desvelo y el amor puesto en la organización y realización del Jubileo. Dios sabrá recompensarles con creces.
Queridas hermanas, hermanos, nos corresponde actuar con los valores del reino: verdad, vida, santidad, gracia, libertad, justicia, amor, paz, para escuchar el día de nuestro encuentro definitivo con el Señor:  “vengan, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado desde la creación del mundo”.
Que María de Chiquinquirá, Reina y Madre de Misericordia, cuya fiesta acabamos de celebrar y que peregrina por nuestras calles, sectores y parroquias e instituciones, nos ayude a prolongar y hacer fructificar el año jubilar de la Misericordia en la aplicación del  Plan Global de renovación pastoral arquidiocesano. Amén.

Maracaibo 20 de noviembre de 2016

+ Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo.

viernes, 18 de noviembre de 2016

SOLEMNE EUCARISTIA EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DE CHIQUINQUIRA, PATRONA DEL ZULIA Y DE LA ARQUIDIOCESIS DE MARACAIBO

SOLEMNE EUCARISTIA
EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DE CHIQUINQUIRA,
PATRONA DEL ZULIA Y DE LA ARQUIDIOCESIS DE MARACAIBO

HOMILIA

Lecturas: Is. 66,10-|4; 2 Co 1 3-7: Jn 2,1-11
“Virgen de Chiquinquirá
Que nos alumbra el camino.
El corazón marabino
Te lleva siempre muy dentro
Junto con sus alegrías
Y a veces los sufrimientos

Hermanos arzobispos, obispos y sacerdotes concelebrantes,
Hermanos diáconos permanentes y sus esposas
Autoridades regionales, municipales y comunales civiles y militares
Autoridades universitarias, directores y representantes de nuestras Instituciones educativas, culturales y sociales.
Representantes del Cuerpo Consular acreditado en Maracaibo
Representantes de los Medios de Comunicación social
Hermanos peregrinos, devotos de la Chinita, provenientes de otras regiones del país y del mundo
Hermanos y hermanas conectados a esta celebración por los MCS y por Internet
P. Eleuterio Cuevas, rector de la Basílica; P. Engelberth Jackson, vicario parroquial e integrantes del Equipo Pastora. Servidores de María, Hijas de María, Grupo de Santa Eduvigis
Muy amados hermanos y hermanas

En medio de tantas tribulaciones que nos agobian, nuestro Señor Jesucristo nos ha congregado este año en este patio casero chiquinquireño, para que experimentemos nuevamente lo que significa pertenecer a una sola familia. Desde hace ya más de 300 años esta comunidad eclesial  es invitada especial en las bodas del Cordero con la población zuliana. Y la Madre de Jesús fue la primera en llegar, sencilla y frágil tablita ondeando sobre los marullos del lago.

¡Una sola familia! ¡Un solo rebaño con un solo pastor! (Jn 10,16). Eso es efectivamente lo que el Señor Jesús quiere que seamos con él y en torno a él, con la compañía de María. Y es así, como una sola familia, que queremos vivir esta celebración. No queremos serlo solo mientras dure esta celebración ¡Queremos serlo siempre! Queremos volver a serlo. Como lo han cantado tantas veces nuestros gaiteros y lo cantó no hace mucho mi hermano y amigo Neguito Borjas con el Gran Coquivacoa, junto con otros vocalistas venezolanos de gran renombre, en esa hermosa gaita: “No quiero ser la mitad”:

Vos bien sabéis que esta hermosa patria es nuestra,
Y a vos yo te abro mi puerta,
como todo un buen cristiano,
no me importa que seas de la cuarta o la quinta,
de derecha o socialista,
igual te extiendo mi mano,
pues basta ya de la rencilla y la guerra,
somos de la misma tierra,
los hijos venezolanos”. 

Esta es la gracia, Chinita de mis amores, que todos los que estamos en esta plazoleta y los que en Venezuela y en el mundo siguen esta misa, por el canal 11 del Zulia  y las emisoras arquidiocesanas, como también por los otros medios de comunicación que la trasmiten, queremos que nos consigas de tu Hijo Jesús: ¡Queremos volver a ser una sola familia! No queremos ser una patria cortada por la mitad, no nos resignamos a ser familias divididas, ni desunidas, ni desparramadas por el mundo entero; un hijo en Florida, una hija en Australia; unos hermanos en Chile;  los compadres  en Panamá y los amigos en España.

Ya no queremos ver a nuestra juventud encerrada tras las rejas, sufriendo y dejando de vivir en la armonía y unión de los suyos. No queremos que tanta sangre joven se siga derramando. ¡Ve, Chinita, seguro que ya te diste cuenta que se nos acabó el vino! Que estamos divididos, dispersos y confrontados! ¡Que se pretende insuflar es odio en vez de entendimiento! Chinita amada, queremos ser nuevamente una sola familia, un solo pueblo de hermanos en una sola casa, amplia y de puertas abiertas. ¡Nuevamente queremos ser uno! ¡Qué bien lo canta la gaita!:

“No me retéis cual si fuera tu enemigo,
Lo que es con vos es conmigo,
Más bien quiero que penséis,
No me ataquéis, buscando que me defienda,
Y que surja una contienda que en el fondo no queréis,
Vení más bien, sentate conmigo un día,
Sin rabia ni hipocresía y conversemos en paz”.

Todos los que estamos aquí necesitamos recargar nuestras baterías de ánimo, de esperanza, de fe en nuestras propias posibilidades para remover juntos, con la ayuda de la gracia y la intercesión de María, los obstáculos que nos impiden vivir unidos. Ya lo dijo nuestro Libertador en su lecho de muerte: Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión”. Venezuela no tendrá futuro mientras persista la desunión entre los partidos, sus  pobladores y los líderes que la gobiernan.  Y tiene que quedarnos claro no puede haber unión, no puede haber alegría, no puede haber fiesta completa si no estás tú, Señor Jesús, con nosotros y no nos acompaña tu madre bendita en la reconstrucción de la patria.

La profecía de Isaías en la primera lectura nos habla de un futuro en que Dios hace volver a su pueblo de tantos países donde han sido dispersados, de una vuelta a la tierra donde habrá comida y medicinas en abundancia,  la paz correrá como agua limpia por todas las cañadas, todos serán consolados y se llenarán de gozo.  Y San Pablo, en la segunda lectura,  nos invita a sostenernos y a fortalecernos mutuamente con el bálsamo del consuelo y de la ayuda fraterna.

Madre de Chiquinquirá, sabemos también que ese milagro no lo va a hacer tu hijo Jesús solo.  Para que haya vino nuevo de vida y justicia, necesita por lo menos las tinajas vacías, servidores que las llenen de agua; quien saque de las tinajas ese vino nuevo y lo distribuya. Nos necesita a cada uno de nosotros. Porque devolverle la paz, la justicia y la unidad a Venezuela no  es un asunto que le corresponde a unos cuantos políticos nada más. Nos toca a todos los que vivimos en esta tierra de gracia y promisión.

Esta es también la inmensa gracia que nos ofrece este Año de la Misericordia que Dios nos ha regalado a través del Papa Francisco, y que concluirá este próximo domingo. ¿Por qué creen ustedes que Dios nos hizo tan gran don? En primer lugar para redescubrir que Jesucristo es el verdadero rostro de Dios (Cf Col 1,15), que ese rostro es el de un Padre Misericordioso, bondadoso, que perdona y espera con paciencia que sus hijos retornen a la casa y sean hermanos entre todos. 

No lo olvidemos nunca: La Misericordia es la fuerza sanadora por excelencia que necesita este mundo y cada uno de nosotros y sin la cual quedamos a la merced del odio y de la violencia. Es condición indispensable para nuestra salvación. En los años sesenta el Beato Paulo VI decía que el desarrollo era el nuevo nombre de la paz. Hoy debemos decir con el Papa Francisco que la Misericordia es el nuevo nombre de la caridad, de ese amor que se derrama desde lo alto hacia todos nosotros. Y la humanidad necesita la misericordia”.

Dios nos ha regalado este año jubilar, en segundo lugar, para que nosotros entremos por la gran puerta de la Misericordia y salgamos, convertidos, a extirpar de nuestros corazones todo género de  resentimientos, rencores y ganas de venganza. A derribar los muros discriminatorios que hemos levantado, a acabar con las trincheras de guerra, a construir cuantos puentes sean necesarios para que todos quedemos intercomunicados; a redescubrir la confianza mutua y el trato fraterno. A recomponer la unidad de nuestros hogares. A utilizar la política como una herramienta valiosa para escucharnos, apreciarnos y trabajar todos juntos por el bien de todos sin excepción ni exclusión alguna. Así que, como dice la gaita:

“Ya no escuchéis el llamado de violencia,
Ni esas voces sin conciencia,
Que nos tienen separados,
Llego el momento de detener esta guerra,
Que nos mata, nos aterra y nos mantiene alejados,
Que sea Dios quien nos una y quien nos libre,
Que su amor grande y sensible,
Nos haga ver la verdad y nuevamente seamos esa patria buena,
A quien cantó Alí Primera y no mitad y mitad”. 

Son grandes sin duda las calamidades que se han abatido sobre nuestro suelo. Pasamos grandes necesidades de toda clase. De todas ellas nos podemos levantar si, como lo hizo la Virgen María en las bodas de Cana, colocamos la fe en Jesucristo en el centro de nuestras vidas. Cuando ella vio que se les iba a echar a perder la fiesta de boda a los recién casados, intervino y a los que servían les dijo: “Hagan lo que mi hijo Jesús les diga”.

Esta fiesta de la Chinita dejará profunda huella en todos nosotros si siguiendo el consejo de nuestra Madre, ponemos atención a lo que nos dice Jesús en los Evangelios y lo llevamos a la práctica.  Este año en que la invocamos con el título de Madre de la divina providencia renovemos nuestra fe en Jesucristo Nuestro Señor, que camina con nosotros y nunca nos abandona, y dispongámonos a seguirlo con decisión y valentía por los caminos constitucionales e institucionales, que sean necesarios recorrer para alcanzar la paz y la unión entre todos.

Que el Señor nos haga cristianos solidarios, que nos duela el sufrimiento del hermano necesitado, que practiquemos con ahínco las obras de misericordia, corporales y espirituales, y aprendamos a contar con todos sin excluir a nadie. Nunca nos dejemos encerrar por las tiranías o las ideologías de cualquier género que sean. Tampoco nos dejemos abatir por la desesperanza y por el desaliento, el Señor está con todos nosotros.

Bien nos enseña el Papa Francisco: “No  hay que excluir a nadie, pero tampoco auto excluirse, porque todos necesitamos de todo”. Junto a las obras de misericordia, un aspecto fundamental para promover a los pobres es el modo en el que los vemos, no sirve una mirada ideológica que los use para intereses de unos. Las ideologías terminan mal y no sirven”.

El camino de la misericordia es una escuela para toda la vida no solo para un año.  Nadie tiene la varita mágica para resolver de un día para otro los diversos males que nos aquejan. Necesitamos tenacidad y valor para no cansarnos y llegar hasta el final. Además tenemos que tener presente que no basta salir de ellos. Tenemos que cuidarnos para no caer en otros peores. Por allí se ha asomado ya la hidra de siete cabezas de la ideología del género, que pretende acabar desde sus mismas raíces con la cultura humana de la familia sobre la que se levanta la sociedad humana y la misma Iglesia.

Somos hijos e hijas de Dios privilegiados porque el amor misericordioso, que nos une a él y entre nosotros se ha hecho presente en la persona de Jesucristo nuestro salvador. El ha venido a compartir nuestra condición humana y desde la cruz nos ofrece su costado abierto, como una gran puerta de  salvación para que todos entremos y nos encontremos como hermanos, unidos en su corazón palpitante de amor y de perdón.

Al final de la misa, nuestra Madre amorosa, encima de los hombros de sus portadores fieles, la secular Sociedad de los Servidores de María, se pondrá en marcha para recorrer las calles de Maracaibo y bendecir las familias y aquellos hijos  más afligidos y golpeados por el hambre, la enfermedad y el dolor. Cuando nosotros salgamos tras ella, tomemos la firme decisión, como buenos servidores de María, no solo de caminar tras su imagen venerada en las procesiones, sino también de transformarnos en emisarios de la Buena Noticia del Evangelio de su Hijo Jesús, en constructores de paz, en forjadores de unión, y en testigos valientes de reconciliación,  en estas próximas navidades y durante todo el año que viene.
   
Hermanos, Hermanas, pidamos a Dios por intercesión de la Chinita, que derrame a grandes dosis sobre nuestras familias, sobre nuestra patria y sobre este mundo tan convulsionado por el terrorismo y la discriminación, el gran remedio de la Misericordia, ¡la Misericordina!, como la llamó nuestro Santo Padre, para que pronto, muy pronto nos encontremos unidos en una Venezuela unida, fraterna, convivencial,  en torno a Cristo Jesús, nuestro Señor a quien sea el honor y la gloria por los siglos. Digamos Amén.

¡Dios les bendiga a todos! ¡Que viva la Chinita!


 Maracaibo 18 de noviembre de 2016
  

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo




domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO. - LOS DIEZ LEPROSOS (Lucas 17,11-19)

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO.
LOS DIEZ LEPROSOS (Lucas 17,11-19)
Voy contigo, Señor, de viaje, agradecido
Ya mi lepra, con tu amor, se me ha quitado

TEXTO
Mientras iba a Jerusalén, Jesús atravesaba los confines de Samaría y Galilea. Al entrar en una ciudad le salieron al encuentro diez leprosos que se detuvieron a distancia y le gritaron diciendo: “¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!”. Jesús los vio y les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes!”. Mientras iban quedaron purificados de su lepra. Uno de ellos, al ver que había quedado sano, volvió glorificando a Dios a grandes voces y le dio gracias a Jesús postrándose ante él. Este hombre era un samaritano. Jesús preguntó: “¿No eran diez los que quedaron purificados? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Sólo este extranjero volvió para glorificar a Dios?” Después le dijo: “¡Levántate! Te puedes ir, tu fe te ha salvado”

PALABRA DE DIOS


REFLEXION

El Señor prosigue su viaje a Jerusalén. Es su santa peregrinación hacia la ciudad donde consumará su entrega amorosa y obediente al Padre que ha puesto en sus manos la salvación del mundo. Se apresta a entrar en una aldea, en los confines entre Samaria y Galilea, cuando oye el grito de diez leprosos: “Jesús, ten piedad de nosotros”. El texto griego dice: “Kyrie eleison”, palabras que forman parte del rito penitencial de la misa.  
¿Qué significaba ser leproso en tiempo de Jesús? Ser una persona impura, expulsada de su familia, privada de toda vida social y excluida del culto a Dios. ¿Quiénes son los leprosos de hoy? Los millones de exiliados, de desplazados, de refugiados, de inmigrantes que no tienen puesto en las mesas abundantes de los países industrializados.

Al verlos Jesús les grita a su vez: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Fueron y en el camino quedaron curados. Uno de ellos, al darse cuenta de la sanación, se devuelve glorificando a Dios a grandes voces. Todo es gritado en este evangelio. Como para que todo el mundo se entere. De los diez uno solo vuelve para dar gracias. Uno sobre diez. Jesús lo recalcará. ¿Será esta la proporción de la gente que se acuerda de dar gracias, cuando recibe algún beneficio? El evangelista acota además que era un samaritano.
Me imagino que aunque andaban en los confines entre Samaria y Galilea, se encontraban aún en territorio galileo, porque Jesús destaca la condición de extranjero del que ha vuelto.  Nueve pues  eran presumiblemente galileos y uno solo samaritano. Jesús le reprochó varias veces a sus paisanos galileos su incredulidad, su dureza de corazón y su mal agradecimiento: “Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betzaida, porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, ya hace tiempo que se habrían convertido… ¿Y tú, Cafarnaún? ¿Acaso te levantarás hasta el cielo? Te hundirás hasta el abismo!” (Lc 10, 13-15; Mc 6,1-6).
Jesús tomó varias veces a extranjeros como ejemplos de fe,  de conversión y de misericordia (Cf Lc 7,1-10; 10,25-37;Mc 7,24-30) . En este caso se trata de un samaritano. Al verse sanado, volvió sobre sus pasos para darle las gracias a Jesús. Mientras vamos de camino con Jesús se nos van curando muchos males. Cuando descubrimos esas sanaciones, ¿volvemos agradecidos hacia el Señor, reconociendo la acción de su voz y el toque de su mano sanadora sobre nosotros? ¿Corremos nuevamente hacia el Señor, llenos de alegría, y reconocemos en él la fuente de nuestra verdadera felicidad? El hijo pródigo volvió arrepentido, el leproso volvió agradecido, Pedro volvió pacificado. Siempre es tiempo de darnos cuenta, de desandar el camino errado, de re-encontrarnos con nosotros  mismos y con Dios.
Volvió y le dio gracias a Jesús postrándose ante él. Dar gracias. San Lucas utiliza el verbo eucaristizar, verbo que se nos ha hecho entrañable porque de él proviene  la palabra eucaristía. Todo gesto, toda palabra de gratitud dicha a Dios, dicha a un hermano, a un prójimo forma parte de una sola acción de gracias, de esa inmensa acción de gracias que brotó del corazón de Jesús hacia su Padre en momentos álgidos de su ministerio (Lc 10,21-22) y sobre todo en la última cena y que luego quiso que se perpetuara y actualizara en cada misa.
La gratitud, dar gracias, no es solo una palabra, un gesto de urbanidad, un simple protocolo de buena convivencia. Es mucho más. Para un discípulo seguidor de Jesús ha de ser un estilo de vida, un modo de ser permanente. La vida entera se nos ha de transformar en un retorno agradecido a Dios por haberla recibido de él y por todos los dones espléndidos que, dentro del decurso de esa misma existencia, Dios no cesa de ofrecernos.
Si estuviéramos atentos a todos los gestos de amor, de protección, de cuidado providencial que Dios Padre tiene para con nosotros quedaríamos abrumados. Eso fue lo que le pasó al leproso curado. Lo que le pasó al salmista cuando exclamó: “¿Cómo te pagaré, Señor, todo el bien que me has hecho? Alzaré la copa de la acción de gracias y mi canto de alabanza” (Salmo 115,19. Ante tus desbordantes gestos de amor, al agradecimiento nunca cesa. Nos toca recorrer el camino de la vida, en compañía de Jesús y de los hermanos, en permanente actitud eucarística.

+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 2 de octubre de 2016

DOMINGO 27 ORDINARIO. CICLO C - DIOS MISMO ES NUESTRA RECOMPENSA



DOMINGO 27 ORDINARIO. CICLO C
DIOS MISMO ES NUESTRA RECOMPENSA

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos llevan a descubrir un nuevo perfil de quien quiere seguir a Jesús y transformarse en su discípulo.
En la segunda parte del viaje que conduce a Jesús a Jerusalén, donde consumará su pasión y su regreso al Padre, Jesús ha ido poniendo de manifiesto los rasgos que deben identificar a sus seguidores y las comunidades en las que se agrupan. Seguirlo a él implica enfrentar dificultades y renuncias (entrar por la puerta angosta), no dejarse arrastrar por las corrientes de presión por más fuertes que sean; estar dispuestos a regir su vida por la voluntad del Padre Dios y la fuerza de su amor; darle siempre la primacía a la dignidad humana por encima de las leyes; ser humildes, no correr tras honras y glorias terrenales; hacer el bien sin esperar ninguna retribución; colocar la búsqueda del Reino de Dios por encima de la familia y de otros afanes materiales; colocar el amor a Jesús por encima del amor a su propia familia; cargar con el oprobio y el sufrimiento que puede traer escoger a Jesús y colocarlo en el primer lugar;  renunciar a posesiones o bienes que impidan seguirlo y estar con él; no negociar nunca su condición de discípulo(ser sal de la tierra); seguir el modelo de misericordia que el Padre Dios tiene para con los humanos; ser incondicionalmente misericordiosos con todos como El.
 En los evangelios de estos últimos domingos Jesús ha centrado su enseñanza en el peligro que representa la codicia del dinero. Hemos de hacer un sabio uso de los bienes de este mundo para que no nos impidan alcanzar la salvación. Los bienes y las riquezas de esta tierra están hechos para asegurar una digna y sobria existencia, eliminar la miseria del planeta y hacer el bien particularmente a los más pobres.   
Antes de llegar al texto del evangelio de hoy Lucas registra una terrible advertencia de Jesús contra aquellas personas que con su ejemplo, consejos, negocios o acciones arrastran a otros al pecado, en particular aquellos que son más vulnerables e indefensos por su edad, simplicidad o condición social.  Es tal el mal y tal el castigo que Jesús invita a su comunidad a estar siempre atenta para prevenir oportunamente el abuso de los pequeños. Por eso la Iglesia ha adoptado severas sanaciones a los que han abusado sexualmente de menores de edad.
El evangelio de hoy el Señor recalca que en las relaciones con Dios y con los hermanos en comunidad, debe prevalecer siempre la gratuidad y no el interés. Jesús nos advierte que no podemos transformar nuestra relación con Dios en una relación mercantilista. En latín decimos una relación basada en el “do ut des”. Traducido al lenguaje popular: te doy si tu me das o también ¿“cuanto hay pa’ eso?”.
La sociedad en que vivimos está particularmente contaminada por lo que en Venezuela se ha venido en llamar el comportamiento “bachaquero”: hay quienes quieren vivir a costillas de la explotación de los demás; sacar abusivos y exagerados beneficios de la compra de productos regulados, de un dato, de una palanca. Se ha instalado en muchos estamentos de las organizaciones oficiales y privadas el cobro de la comisión. Muchos funcionarios públicos viven  de las comisiones, cobros, vacunas que le sacan a cualquier transacción o negociación. Se ha perdido el sentido de la honestidad. El robo se ha oficializado. Con mayor razón hemos perdido el sentido de la gratuidad. La corrupción se ha metido en todas las esferas sociales. Hoy Jesús nos interpela: ¡Alerta! Porque ese vicio  puede también contaminar nuestra vida de fe y nuestros encargos pastorales.
Esta advertencia vale tanto para nuestra relación con Dios, como para nuestra devoción a los santos y actos de piedad. Muchas novenas, cadenas, oraciones, sacrificios y penitencias están viciados porque están inspirados en el interés de tipo comercial.  Esa misma actitud puede estar presente en los servicios que prestamos en nuestras comunidades eclesiales. Entendemos así la misión que nos confían en la parroquia como un “encargo” al que debemos de sacar alguna ganancia o por el que nos tienen que estar agradecidos: darnos una recompensa, subirnos de categoría, otorgarnos un título honorífico.
Nada más contrario a la conducta de un creyente seguidor de Jesús. La vida con Jesús en esta tierra y la eterna es un don, un regalo gratuito que Dios nos otorga y no un salario o un vale que nos permite reclamar como un privilegio, el acceso al cielo. Nosotros los discípulos de Jesús no tenemos derecho a exigir que Dios nos conceda tal o cual don a cambio de una vela, de una novena, de una cadena, de una oración, de un sacrificio o de una peregrinación. Hemos sido salvados gratuitamente por la muerte y resurrección de Jesús, independientemente de nuestras obras y méritos que nos queramos atribuir. Esta verdad la remacha San Pablo por activo y por pasivo en todas sus cartas (Cf Rm 5,8; Ef 2,4-5). Lo que recibimos de nuestro PADRE Dios no está en proporción alguna con lo que hacemos o dejamos de hacer. Lo que recibimos de él proviene de su infinita y gratuita bondad y es siempre mucho mejor  que lo que podemos anhelar.
Ante Dios sus discípulos son siempre servidores que solo cumplen sus obligaciones y encuentran su gozo y alegría en el mismo servicio que prestan sin esperar recompensa alguna. Lo que del Señor proviene por la riqueza de misericordia y compasión no es en pago a ningún tipo de mérito que hayamos acumulado por el deber cumplido. La gratuidad, el desinterés es un rasgo fundamental que todos los cristianos debemos cultivar en nuestras relaciones familiares, en nuestra comunidad de amistad. El Papa Benedicto en su hermosa encíclica “Caritas in Veritate” afirma que el principio de gratuidad ha de introducirse también en las relaciones entre las naciones para alcanzar la verdadera paz. Por eso hace años atrás la Iglesia, con motivo del advenimiento del nuevo milenio, la Iglesia abogó por la condonación de la deuda a favor de los países pobres.
Lo que han recibido gratis entréguenlo también gratis” (Mt 10,8). Estemos siempre alegres y agradecidos por todo lo que hacemos para glorificar a Dios y hacer más llevadera y digna la vida de los más necesitados. Nunca llegaremos a ponernos a la altura de todo lo que hemos recibido de Dios, así que debemos vivir en permanente y gozoso retorno agradecido. “Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7). Tenemos mucho camino que recorrer en nuestra Iglesia para introducir esta consigna de Jesús en nuestras comunidades, parroquias y diócesis y desterrar todo lo que parezca que estamos comerciando con las cosas sagradas y con los sacramentos.
La conciencia del servidor de Jesús es la de una persona que, abandonada en la fe, con la vida centrada en su Señor, se da sin reservas y con gratuidad en el servicio aspirando siempre al cumplimiento cabal de su “deber”. ¡Cuánto repudió Jesús esa actitud de quien sirve a Dios y a los hermanos con la expectativa de la recompensa! ¡Los hombres no pueden pasarle facturas a Dios! ¡La relación con Dios no puede darse a partir de reclamos!
No olvidemos que la parábola está dirigida a los apóstoles, y como tal, nos pide a nosotros, los líderes de la Iglesia, que revisemos nuestra actitud: el servicio a Dios y a los hermanos –que tiene como fundamento la experiencia de la fe- no da ni adjudica derechos para alguna paga. Tampoco nos autoriza para andar proclamando a los cuatro vientos lo que  hacemos. Ni la pretensión ni la vanidad pertenecen al espíritu de Jesús.
El servidor de la comunidad puede sentirse feliz por el hecho de haber cumplido bien su tarea. Es aquí donde la fe –que se concreta en el vivir bajo el “Señorío” de Jesús- verdaderamente “crece”, no por vías de cantidad sino por la ruta cualitativamente cierta, que es la justa actitud con él, esto es, el abandono total y la confianza absoluta en Dios en quien “somos nos movemos y existimos” (Cf Hech 17,38) y lo tenemos todo. Es el reconocimiento humilde de que nuestra vida depende de él. Este es el mínimo, el granito de mostaza, de dónde proviene una fuerza sorprendente que nos hace aptos para animar la vida comunitaria y emprender la misión.

Maracaibo 2 de octubre de 2016
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo