domingo, 17 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIV ORDINARIO CICLO A HOMILIA SIN PERDON NO HAY FRATERNIDAD POSIBLE

DOMINGO XXIV ORDINARIO CICLO A
HOMILIA
SIN PERDON NO HAY FRATERNIDAD POSIBLE

Amados hermanas y hermanos,
En el evangelio de hoy prosigue la enseñanza de Jesús sobre la vida en comunidad fraterna. El domingo pasado se centro en la correccion fraterna. Esta vez se enfoca en la absoluta necesidad del perdón para poder construir comunidad. Todo parte con una pregunta de Pedro: Cuantas veces tengo que perdonar? Hasta siete veces? Con su doble pregunta Pedro nos deja claro que ha captado las enseñanzas anteriores del Maestro sobre la importancia del perdón, particularmente la contenida en la oración del Padrenuestro y su consiguiente comentario. El numero siete en la Biblia tiene el sentido de globalidad, de plenitud, de perfección. Para Pedro entonces hay que perdonar siempre.
Pero con su respuesta el Señor va a ir mas allá todavía: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”. Es decir has de perdonar setenta veces siempre! Es decir infinitamente, inconmensurablemente. Y para que quede más claro aun en qué consiste este perdón, Jesús narra la parábola del rey misericordioso y del servidor cruel.
La parábola está basada en un contraste entre la inmensa misericordia de un rey que perdona a un siervo suyo una deuda incalculable y la tacaña y miserable crueldad de ese mismo siervo incapaz de perdonar, a un compañero suyo, una deuda mínima. La parábola narra como un rey que empieza a ajustar cuentas, le es presentado un servidor suyo que le debe una suma considerable. Diez mil talentos de plata seria algo asi como 164 toneladas de oro! El servidor se arroja a los pies del rey y le pide que tenga paciencia con él, que él se lo va a pagar. Se trata de una cantidad tan exorbitante que es practicamente imposible que este a su alcance pagarla. El rey, movido de compasión, no solamente lo deja marchar sino que lo exime del pago de la deuda.
La deuda es grande sin duda, pero la magnanimidad de corazón del rey es aún mayor. Con esta primera parte de la parábola, Jesús quiere poner de manifiesto como es el corazón de su Padre Dios y cuan infinita es su ternura y su compasión hacia nosotros los seres humanos. El salmo 103 expresa con admiracion esta manera de ser de Dios u como su amor se desboca para perdonarnos.
Nuestros pecados y crueldades personales y sociales, individuales y estructurales. Son inmensos. Desde el inicio mismo de la creacion venimos cometiendo toda clase de crímenes y abominaciones contra nuestros hermanos. Cain mata a Abel, los hermanos de José lo maltratan y lo venden como esclavo. La ley que parece regir entre los seres humanos es la que Lame, un descendiente de Caín, lleno de agresividad y venganza, instauro: se vengara setentaveces siete de quien lo agreda a el o a su familia!
La segunda parte de la parábola en cambio pone de manifiesto la dureza de corazón  del servidor perdonado. No más salir de la presencia del rey, este servidor se encuentra con un comapñero suyo que le debe cien denarios, una suma ridiculamente pequeña en comparacion con la deuda que se le acaba de condonar. Encontraste con la magnanima benevolencia del rey, su actitud es extremadamente cruel. Su compañero le pide que tenga paciencia, que él le va a pagar. Son exactamente las mismas palabras que el uso con el rey para implorar su clemencia. Pero hizo caso omiso de esa suplica. No quiso perdonarlo y lo echo a la cárcel hasta que pagase lo que debía. No eseso tambien lo que sucede cuando nos negamos a perdonar las ofensas que recibimos?
Las cosas no se quedan ahí. Cuando el rey se entera de tan mezquino comportamiento lo llama y le encara su maldad: “Siervo malvado, te perdone toda aquella deuda porque me lo suplicaste. No debías tu tambien haber tenido compasión de tu compañero como yo tuve compasion de ti?” Esa es la pregunta fundamental de la parábola. Esa misma pregunta va dirigida a cada uno de nosotros. El tema del perdón se plantea aquí a partir de una doble relacion. Por una parte, de la relación de cada uno de nosotros con nuestro Padre Dios y por otra de la relación de cada uno de nosotros con nuestro projimo. El perdón que recibimos del Padre Dios da la medida del perdón que debemos dar los hermanos. La actitud y la medida del perdón para un cristiano no la pone Pedro, la pone Dios.
Este es el sentido de la respuesta de Jesús a Pedro. No siete, sino setentaveces siete. En otras palabras lo que Dios hace conmigo es la medida de cuanto debo hacer por mi hermano. Acordémonos de aquellas luminosas palabras de Jesús que tanto meditamos en el año de la Misericordia: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,35). La misericordia que el Padre derrama sobre nosotros sin medida y acojemos contanta alegria en nuestro corazon, debe llegar por desborde, hacia los que conviven con nosotros para que se transformen en verdad en nuestros hermanos. No hay fraternidad posible sin perdón.  Lo que gratuitamente hemos recibido gratuitamente debemos darlo.
Con esta parábola Jesús quiere dejar bien claro la importancia capital que tiene el perdón como herramienta de pacificación para el ser humano y para la convivencia positiva de los seres humanos en este planeta. El perdón y sus múltiples expresiones es la única manera de romper el círculo vicioso de la venganza, de la crueldad y de la violencia que imposibilitan, en todos los niveles, la convivencia y la fraternidad. El perdón, dado y recibido, es la única fuerza capaz de recomponer las relaciones familiares, las amistades rotas, la confrontación y los conflictos entre los seres humanos. El perdón no es una tregua es un camino de sanación.
El perdones el puente necesario para pasar de la civilización de Caín a la civilización de Jesús. El perdones un poder que Jesús le ha dado a los suyos para recomponer las relaciones fraternas rotas por el egoísmo, la prepotencia y el orgullo. Oímos en el evangelio del domingo pasado estas palabras: “Lo que ustedes aten en la tierra, quedara atado en el cielo y lo que ustedes desaten en la tierra quedara desatado en el cielo” (Mt 18,18). La primera misión que Jesús le confió a sus discípulos, en la tarde del día de su resurrección, después de comunicarles su Espíritu, fue el devolverle la paz al mundo mediante el anuncio del evangelio del perdón: “A quienes les perdonen los pecados les quedaran perdonados; a quienes se los retengan les quedaran retenidos” (Jn 20, 23).
Comparto con ustedes estas palabras que el Santo Padre Francisco les dirigió a  obispos de América Latina en su reciente viaje a Colombia: “La Iglesia, sin pretensiones humanas, respetuosa del rostro multiforme del continente, que considera no una desventaja si no una perenne riqueza, debe continuar prestando el humilde servicio al verdadero bien del hombre latinoamericano. Debe trabajar sin cansarse para construir puentes, abatir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del encuentro y del diálogo, educar al perdón y a la reconciliación, al sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz. Ninguna construcción duradera en América Latina puede prescindir de este fundamento invisible pero esencial”.
Estamos juntos no porque no nos equivocamos y no nos ofendemos sino porque somos capaces con la gracia divina de perdonamos y ser perdonados. No hay otra fuerza capaz de recomponer nuestra unidad interior y de consolidar todas las relaciones humanas. Gracias al perdón nuestras limitaciones humanas y defectos, en lugar de dividirnos y aislarnos, se transforman en caminos para fortalecer nuestra comunión eclesial y la unidad entre pueblos, razas y culturas.
En una palabra, mis queridos hermanos y hermanas, no podemos vivir humanamente si no somos capaces de valernos permanentemente de esa poderosa herramienta que Dios ha puesto a nuestro alcance.  No hay otra actitud que nos asemeje tanto a El que la de estar nosotros también siempre dispuestos a perdonar. Nos hemos preguntado alguna vez porque nos cuenta tanto perdonar y pedir perdón? Porque es el nudo gordiano que tenemos que romper para darle otro cauce a nuestras vidas y a otros hermanos nuevas oportunidades de vivir y crecer. Perdonar una vez no es fácil. Perdonar como Pedro es muy exigente. Perdonar como Dios inalcanzable, si no nos dejamos enseñar por él. Es un proceso. Una escuela. Un lento aprendizaje que exige paciencia y humildad. No debemos cansarnos ni darnos nunca por vencidos, aunque nos cueste sangre, dolor y lágrimas. No le costó menos a Jesús.
Ahora bien, tengamos en cuenta la última palabra de Jesús a los suyos. El perdón que Jesús nos pide es un perdón que ha de brotar del corazón. No perdonar esquitarle a mi hermano el amor que el Padre misericordioso le quiere dar y que solo le puede llegar a través de mi, su hermano. Por eso, debemos empeñarnos persistentemente en alimentar, dentro de nuestro corazón, esa reserva de perdón y misericordia compasiva, mediante la lectura de la Palabra, de la oración y de la eucaristía. Así la mantendremos siempre viva y podremos sacar de ella, cuando la necesitemos, y será probablemente todos los días, no mi mezquino rencor humano, por la pequeña ofensa recibida, sino la sobreabundante corriente de amor de nuestro amado Padre.

Calgary 17 de septiembre de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



domingo, 10 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII ORDINARIO-A - HOMILIA - CUATRO PASOS PARA RECONSTRUIR LA UNIDAD PERDIDA

DOMINGO XXIII ORDINARIO-A. HOMILIA
CUATRO PASOS PARA RECONSTRUIR LA UNIDAD PERDIDA.

Amados hermanos y hermanas,

Mateo organiza su evangelio en torno a cinco grandes discursos de Jesus que recuerdan el Pentateuco, los cinco libros fundamentales del Antiguo Testamento que trasmiten la Ley de Moises.  El evangelista se propone presentar a Jesus como el nuevo Moises que entrega al nuevo pueblo de Dios, compuesto por judios y paganos, la nueva ley fundamental. El texto que acabamos de escuchar esta tomado de cuarto discurso, conocido como el discurso de la comunidad. Contiene normas y orientaciones para la buena organizacion de las comunidades cristianas. Uno de esos puntos fundamentales, para mantener cohesionada la comunidad, se encuentra enunciado en un versiculo inmediatamente anterior al texto de este evangelio y que dice asi: “El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de los pequeños” (18,14).

Lo primero que temenos que desterrar en una vida comunitaria es la indiferencia hacia la vida del hermano. El otro me importa. Nosotros somos mas bien propensos a aplicar otro principio opuesto: cada uno es dueño de su vida y hace con ella lo que le da la gana y yo no tengo que meterme en ella. Las sociedades neoliberales centradas en el placer, la comodidad y el consumo, tienden a encerrarse dentro de si mismas y a evitar que elementos extraños, como podrian ser los inmigrantes, refugiados o desplazados, pongan en peligro el nivel de vida que han alcanzado. No estan preparadas para acoger a los pobres, a los extranjeros o las victimas de las guerras o desastres naturales.  Si echamos una mirada al mundo, no es muy dificil llegar a la comprobacion de que estamos muy lejos de ponernos en marcha hacia la constitucion de comunidades humanas mas inclusivas.

La conducta de Jesus choco precisamente con la organizacion religiosa judia de su tiempo basada en una rigida aplicacion de la norma religiosa llamada de la pureza legal, por medio de la cual dejaban fuera a los niños, a las mujeres, a los publicanos y a los enfermos. El Señor rompe con esa rigida estructura y realiza curaciones el dia sabado, toca los leprosos, trata con las mujeres. Invita a los suyos a seguir su ejemplo y a darle prioridad a la acogida de los debiles, a tratar con cariño a los niños y incluir a las mujeres en el grupo de los discipulos. Estas posturas controversiales las justifica con la afirmacion del profeta Oseas: “Quiero Misericordia y no sacrificios” (Os 6,14) Y otra de su propia inspiracion: “No tienen necesidad del medico los sanos sino los enfermos…No vine a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13). Las comunidades conformadas por sus seguidores deben seguir la forma de actuar del padre en la parabola del hijo prodigo. Debe dolerle la suerte del hermano que se haya alejado del redil y procurar que vuelva a el.

Es evidente que no podemos andar de entrometidos queriendo arreglar la vida de todos los que nos rodean. Nos volveriamos unos grandes inquisidores y caeriamos en la vanidosa pretension de querer sacarle la paja del ojo del vecino sin reparar en la viga que llevamos en el nuestro. Aqui se trata de otra cosa. Se trata de la vida de los integrantes de una misma comunidad. San Mateo nos habla de su comunidad cristiana de los años 80-90 D.C. Pero es valido tambien para nuestras comunidades del siglo XXI. Lo podemos aplicar a nuestras comunidades parroquiales o familiares. Se supone que si formamos parte de ellas es porque hemos decidido regirnos por la forma de vida fraternal que vivio Jesus con los apostoles.

Pero estamos tambien muy conscientes de que todos somos personas fragiles, vulnerables, pecadoras y que, en algun momento, fallamos y actuamos de forma contraria a nuestro ideal cristiano. Como debemos comportarnos entonces los unos con los otros en esos momentos? El evangelio de hoy nos lo explica. Primero que todo, tener claro que somos hermanos. Ese es el estatuto identitario de todo miembro de una comunidad cristiana. Y por consiguiente nos toca hacer todo lo posible para corregirlo y ayudarlo a reencontrar su camino. El evangelio nos señala cuatro pasos.

Primero hay que hablar directamente, a solas, con el hermano descarriado. Nada de chismorreos ni murmuraciones sobre su conducta que no aportan ninguna solucion al problema. Lo que se impone es acercarse a el, escucharlo, aconsejarlo, corregirlo con sencillez, colocandose a su Altura, despojandose de toda actitud prepotente. Si no te escucha, el segundo paso es convocar a dos o tres de la misma comunidad para hacerle ver en pequeño grupo y en presencia de testigos, su actuacion equivocada. Si aun asi se muestra reticente a enmendarse, es cuando se acude y no antes, a considerar su caso en la comunidad. Si tampoco esa instancia es efectiva, solo entonces, se le hace saber que con su conducta esta dando a entender que no quiere seguir dentro de su comunidad y que el mismo se esta auto excluyendo.

Pero todo no termna alli. El evangelio de hoy nos dice que cuando hemos agotado esas tres formas de impedir que un hermano se extravie o se pierda., aun queda por dar un cuarto paso. Porque el que ese hermano quede separado de su comunidad visible no significa que quede separado de Dios. Nosotros no podemos violentar su libertad y si el quiere permanecer en su error hay que dejarlo; pero lo que es imposible para los hombres no lo es para Dios. Por eso, nos queda el cuarto paso: el de congregarnos para orar juntos por el. Esta oracion Jesus la comparte con nosotros y se vuelve un orante mas con los que suplican al Padre el retorno del hermano rebelde.

Martin Luther King decia que los hombres hemos aprendido a nadar como los peces y a volar como los pajaros, hemos abierto el camino hacia el espacio sideral, pero no hemos aprendido el sencillo arte de convivir como hermanos.  Los cristianos estamos llamados a ser, como nos lo dice con meridiana claridad el profeta Ezequiel,  los centinelas de la esperanza, que avizoran con su conducta la posibilidad de esa convivencia. Nuestra razon de ser en este mundo es la de hacer ver que la convivencia entre humanos y la fraternidad son posibles. Mas aun la unica via necesaria para que la humanidad tenga futuro. Al señalarnos los pasos Jesus nos da a entender que toda convivencia sana y estable necesita de personas capaces de resolver conflictos; que se trata de un proceso lento que se ejerce a traves de diversas modalidades: la correccion fraternal oportuna y pedagogica, el perdon dado y recibido, el dialogo en la verdad y  la reconciliacion que lleva a la reconstruccion de la unidad deseada y orada. Que esa reconstruccion necesita del empeño y del interes de todos.

Si aprendemos este camino y lo aplicamos en las micro relaciones de la vida diaria seremos capaces de ejercerlo en dimensiones mayores y en asuntos de mayor trascendencia. Dios nos ha dotado del poder de recomponer, de sanar, de reconciliar.  Todo lo que hagamos en este sentido en esta tierra, Dios lo ratifica con alegria alla en su presencia y aqui en la tierra con la presencia de su Hijo Jesus.

Estando, hace pocos dias, en el aeropuerto de Toronto, esperando la conexion para Calgary se me acerco un señor y despues de cerciorarse que era un ministro catolico, me mostro una fotografia en su celular. Era una radiografia del torax, con la imagen de un Jesus crucificado en el centro. Y me hizo el siguiente comentario: “Que bella manera de mostrar que llevamos a Jesus dentro de nosotros!”. Evidentemente aquello no era mas que un hermoso  y eloquente montaje. Pero la realidad supera la ficcion.  Eso se hace realidad en esta eucaristia donde se cumple su promesa: “Donde dos o tres estan reunidos en mi nombre para orar alli estoy yo en medio de ellos” Y se hace tambien realidad en la vida diaria cuando llevamos a cabo la hermosa y decisiva mision de construir el pedazo de sueño de fraternidad y convivencia que nos corresponde.

Calgary, Parroquia del Santo Espiritu, 10 de septiembre de 2017


+Ubaldo R Santana Sequera fmi
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 27 de agosto de 2017

DOMINGO XXI ORDINARIO CICLO A 2017 ¿Y TU QUIEN DICES QUE SOY YO?

Muy queridos hermanas y hermanos,
La pregunta sobre quién es Jesús ya la habían formulado anteriormente otros interlocutores. Cuando EL Señor calmó la tempestad en el lago, sus discípulos se preguntaron: “¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?” (Mt 8,27). Cuando desde la cárcel Juan el Bautista se entera de las actuaciones de Jesús, le manda a preguntar con sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (11,2) y los testigos de la expulsión de un demonio se preguntan: “¿No será este el Hijo de David?” (12, 23). La pregunta sobre la identidad de Jesús está pues en el aire a lo largo de toda la narración de Mateo y mantiene, aún hoy, su permanente actualidad.
En el evangelio que acabamos de escuchar, es Jesús quien toma la iniciativa de formular la pregunta sobre su identidad. Lo hace cuando se encuentra con sus discípulos en una región muy agreste y apartada del norte de su país, en la frontera con Siria, donde están las fuentes del río Jordán y se practican, desde tiempos ancestrales, actos idolátricos. Ya lleva Jesús bastante tiempo con los suyos, ya lo han visto actuar, han escuchado sus enseñanzas. Dentro de poco va a iniciar la larga caminata que lo va a llevar a Jerusalén, la etapa culminante de su misión. Necesita empezar a cohesionar más a los suyos y fortalecerlos en la fe para prepararlos a su pasión y muerte.
Primero les pregunta sobre quién dice la gente que es él. Las respuestas son variadas. Lo confunden con Juan el Bautista que acaba de ser decapitado, con Elías, con Jeremías o con algún personaje relevante del Antiguo Testamento. Todas las respuestas encierran un aspecto verdadero: Jesús es un profeta que viene en nombre de Dios. Pero todas denotan la confusión que tiene la gente sobre su verdadera identidad y lo difícil que les resulta comprender su misión.
Luego pregunta directamente a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. La pregunta va dirigida a todos. Pedro es el que contesta en nombre de todos sus compañeros. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Sorprende que, ante opiniones tan variadas como confusas, Pedro responda inmediatamente con claridad y contundencia. Jesús se va a centrar en su respuesta para extraer importantes afirmaciones que conviene recoger.
Se trata de una profesión de fe, completamente distinta a las opiniones emitidas por el entorno popular. Reconoce a Jesús como Mesías e Hijo de Dios vivo. No es Hijo de cualquier dios sino del Dios vivo. Queda claro que los demás dioses no son, no tienen vida ni comunican vida. El Dios de la Biblia, desde que se presentó a Moisés en la zarza ardiente (Cf Ex 3,1-14), se manifiesta siempre como un Dios que camina con su pueblo, que lo acompaña en todo momento y en todas partes, que se mantiene fiel a su alianza, a pesar de las prevaricaciones de Israel, y que no olvida nunca sus promesas. El Dios que Jesús hace visible no es un Dios de muertos sino de vivos (Cf. Mt 22,32).
Jesús felicita a Pedro y lo declara dichoso porque lo que ha dicho no es algo que lo sacó de su cabeza o de sus razonamientos, sino una revelación que proviene directamente de su Padre Dios. Ya Jesús lo había proclamado anteriormente: “Mi Padre me entregó todas las cosas y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar” (11,27). Pedro es dichoso porque pertenece a esos pobres y sencillos a quien el Padre tiene predilección en revelarle sus designios. La búsqueda racional de Dios es posible, pero para entrar en una relación personal e íntima con El, hace falta la gracia divina que Dios da a quien Él quiere.
Es dentro de esta relación que Jesús está invitando a Pedro a entrar de ahora en adelante. No quiere tener seguidores fríos y cerebrales sino hombres profundamente tocados, en lo más íntimo de su ser, por la gracia del encuentro con el misterio de Dios presente en él. Para llevar a cabo este seguimiento va a ser menester que cambie completamente el rumbo de su vida y asuma otra misión. Jesús se lo da a entender cambiándole el nombre, de Simón a Pedro, que significa piedra, roca.
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La profesión de fe Pedro se transforma en el basamento sólido sobre el cual el Señor quiere realizar la convocatoria del pueblo de la nueva alianza, la Iglesia. Es decir, aquella comunidad integrada por quienes lo reconocen como Mesías e Hijo de Dios. Pedro será la primera piedra de ese nuevo edificio, sobre él y sobre todos los que profesan su fe en Cristo Jesús como Señor y Salvador, levantará su Iglesia. Esa Iglesia se sostiene contra todos los embates porque es Jesús quien la edifica, la convoca, la consolida en torno a él. Él es la única piedra angular (Cf. Ef 2,20).
Como primera piedra de esta nueva realidad, Jesús le entrega las llaves del Reino de los cielos. La imagen de las llaves no se refiere tanto a la idea del portero ni a la del iniciador espiritual que comunica a otros adeptos secretos de vida religiosa, sino a la entrega de una autoridad que habrá de ejercer con responsabilidad. En este sentido “atar y desatar” significa sobre todo la responsabilidad que recae, sobre él y sobre todos los demás dirigentes y pastores, de facilitar al pueblo creyente el acceso a Dios como Padre y al encuentro directo y personal con Jesús y sus hermanos. En ese sentido no se han de comportar como aquellos fariseos y letrados a quienes Jesús les reprocha precisamente que ni dejan entrar al pueblo sencillo al Reino ni tampoco entran ellos (Mt 23,13).
Hermanos hermanas, queda claro que para san Mateo el encuentro personal con Jesús es vital para la salvación, pero se trata de un asunto que solo se consigue con el don la gracia divina. Una gracia que hay que pedir constantemente porque no la recibimos de una vez por todas. El mismo Pedro es un vivo ejemplo de la necesidad de crecer constantemente en la fe. En el episodio que sigue al que estamos comentando, Pedro trata de apartar a Jesús de su misión mesiánica a través de la cruz y se gana un terrible regaño (16,23). Y en las puertas de la pasión, sabiendo Jesús que Pedro lo va a negar, le dice: “¡Simón, Simón! (ya no lo llama Pedro sino usa su viejo nombre) Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos, así como se hace con el trigo cuando se le separa de la paja. Pero yo he rogado por ti para que no pierdas tu fe y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos” (Lc 22,31-32).
   A cada uno de nosotros nos toca seguir avanzando por el camino de la fe, ansiando llegar al perfecto conocimiento de Jesús y estar en condiciones en cada situación en que nos coloque la vida de responder personalmente a la pregunta de Jesús: “¿Quién dices tú que soy yo?”. Una respuesta que nos tocará, con la gracia del Espíritu Santo y la ayuda de nuestros hermanos, ir renovando en cada una de las etapas importantes de nuestra vida. La tendremos que responder, no desde la razón o el cerebro, sino desde el corazón y la vida.
Igual que Pedro no podemos inventar la respuesta. Tenemos que esperar que el Padre nos haga el don de su Espíritu para que podamos profesar rectamente desde nuestro modo de vivir, desde nuestros comportamientos, desde la calidad de nuestras relaciones, llenas de misericordia y compasión, quién es Jesús para nosotros. Solo a partir de una respuesta acertada y personal a esta pregunta, traducida en vida y entrega en el amor al hermano empezamos a ser cristianos y construimos Iglesia. Nunca olvidemos que es en el crisol del sufrimiento y de la cruz que nos toca llevar si queremos seguir al Señor, donde la fe se fragua y alcanza su verdadero temple.

Hoy también es una buena oportunidad para manifestar nuestro deseo de transformarnos nosotros también en pequeñas piedras vivas para la construcción del Reino. Como lo pide San Pedro en su 1a carta, pensando quizá en el inicio de su nueva misión: “Al acercarse a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también ustedes participan como piedras vivas en la construcción de un templo espiritual para ejercer un sacerdocio santo que, por mediación de Jesucristo, ofrezca sacrificios espirituales agradables a Dios” (1 Pe 2,4-5).
En esta eucaristía, demos gracias a Dios porque nos ha introducido como sujetos constructores de su Reino de justicia, de paz y de vida. De algún modo también compartimos el don de las llaves, en la medida que tenemos cada uno de nosotros, como miembros de la comunidad del Dios vivo, la gran responsabilidad de contribuir con nuestro servicio humilde y sencillo a abrir las puertas del Reino de Dios a tantos hermanos que sufren toda clase de abandono y esperan ansiosamente quien les ayude a darle un verdadero sentido a sus vidas.
Maracaibo 27 de agosto de 2017
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 6 de agosto de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR 2017 - HOMILÍA

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR 2017
HOMILÍA
EL CAMINO HACIA LA GLORIA CON CRISTO PASA POR LA CRUZ. NO HAY OTRO

Muy queridos hermanos y hermanas,
El relato de la transfiguración del Señor se sitúa en el inicio de la tercera parte del evangelio de Mateo. En esta última etapa Jesús enfila decididamente sus pasos hacia Jerusalén y se concentra en la formación de sus discípulos para que estén en condiciones de compartir su pasión y su muerte en cruz. Luego de la profesión de fe formulada por Pedro, Jesús empieza a mostrar, de manera abierta, cual es la figura de mesías que él está llamado a realizar. Los discípulos necesitan ir asimilando poco a poco el camino doloroso que su Maestro les propone y lo que significa para ellos y para todos los que quieran hacerse discípulos de Jesús. Van a ir descubriendo que el camino doloroso que Jesús quiere recorrer es necesario para la salvación de la humanidad y la glorificación de Jesús. Ese mismo camino les tocará recorrer a ellos y a los seguidores del mañana, si quieren ser fieles al seguimiento de su Señor.
Este anuncio trastorna la cabeza de Pedro y la de sus compañeros. Ellos caminan con Jesús en medio de los pobres, pero en su mente cultivan proyectos de grandeza. Sueñan con un Mesías político que va a expulsar a los invasores romanos e re-instaurar gloriosamente el Reino de Israel. Esperaban un rey glorioso. Por eso se escandalizan al oír los anuncios que, por tres veces, Jesús hace de su pasión y muerte. Jesús recrimina fuertemente a Pedro por su falta de comprensión y aceptación de los designios de su Padre y lo invita a él y a los demás discípulos a una profunda conversión para estar en capacidad de seguirlo, renunciando a sí mismos, cargando con su cruz y colocando sus pasos detrás de los suyos.
El pasaje de la Transfiguración, acontecimiento de la vida de Jesús que hoy celebramos, y en el que Jesús aparece glorioso en lo alto de un monte, era una ayuda para que ellos pudiesen superar el trauma de la cruz y estar así en condiciones de descubrir el verdadero mesianismo de Jesús y el sentido profundo de sus vidas. Pero, aun así, muchos años después, cuando ya estaba difundido el cristianismo en Asia menor y Grecia, la cruz seguía siendo un gran impedimento para las comunidades procedentes del judaísmo y del paganismo.
En su primera carta a los Corintios el apóstol Pablo se ve en la necesidad de abordar este tema. Para los de cultura judía la cruz es una locura; para los que provienen del paganismo, es un escándalo. Uno de los mayores esfuerzos de los escritores y pastores de los primeros siglos consistió a ayudar a los miembros de la comunidad a situar con claridad el tema de la cruz y del sufrimiento como camino hacia la gloria. La cruz no es ni una locura ni un escándalo sino la expresión más preciosa de la sabiduría de Dios (Cf 1 Co 1,22-31). Es en esta perspectiva que yo los invito, queridos hermanos, a leer, meditar y aplicar el texto del evangelio de la Transfiguración. La cruz es el camino hacia la gloria para Jesús y para sus seguidores y no hay otro. No hay atajo. No hay plan B.
Jesús mismo nos lo dice claramente en el texto que viene inmediatamente después del primer anuncio de su pasión: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga. Porque el que quiere salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le servirá a uno ganar el mundo entero si ´pierde su vida?” (Mt 16,24-26). Todo lo que el evangelista nos narra sobre la transfiguración tiene por finalidad dejar bien claro que ese es el camino ya señalado para el Mesías en las Escrituras y el que corresponde a los designios del Padre para salvar la humanidad.
En la cima de la montaña, Jesús manifiesta el esplendor de su gloria, escondida en su humilde humanidad, ante tres de sus discípulos. La montaña evoca el monte Sinaí donde en el pasado, Dios había manifestado su voluntad a su pueblo recién liberado por medio de Moisés. Los vestidos blancos recuerdan el resplandor que cubrió a Moisés cuando bajó de la montaña con las tablas de la Ley. Junto a Jesús transfigurado, aparecen Moisés y Elías, las dos mayores autoridades del Antiguo Testamento. Moisés representa la Ley. Elías la profecía. Con su aparición a los lados de Jesús, concuerdan para reconocer que Jesús es el Mesías que recoge en su persona toda la Escritura y todas las promesas mesiánicas. Lucas, por su parte, informa que conversaban con él sobre su próximo éxodo, es decir su muerte en Jerusalén. Queda así claro que tanto la Ley como los Profetas enseñaban que ese era y no otro el camino que asumiría el Mesías para redimir la humanidad del pecado.
Pedro, en medio de su temor, se siente bien y quiere quedarse de una vez en ese éxtasis de gloria en la montaña. Y con razón pues ese es nuestro destino final. Los otros dos quedan como embotados ante la revelación divina.  En eso resuena la voz del Padre desde la nube: “Este es mi hijo amado en quien me complazco. Escúchenlo”. La expresión “Hijo amado” evoca la figura del Mesías Siervo, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1). La expresión “Escúchenlo” evoca la profecía que prometía la llegada de un nuevo Moisés (cf. Dt 18,15).
Jesús es realmente el Mesías glorioso y el camino para la gloria pasa por la cruz, según había sido anunciado en la profecía del Mesías Siervo (Is 53,3-9). La gloria de la Transfiguración lo comprueba. Moisés y Elías lo confirman. El Padre lo garantiza. Jesús lo acepta. Los discípulos están llamados a convertirse para acoger al Mesías servidor sufriente sin reticencia. A él debemos escuchar y seguir fielmente sin desfallecer. Solo al final, después de haber recorrido todo el camino de la vida incluyendo la muerte, se manifestará la gloria.
La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. Estamos ante la piedra de escándalo del cristianismo, la parte más dura de asimilar, de aceptar y de vivir.  La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene por medio de la instrucción teórica, pero sí por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén.
La civilización actual también rechaza el sufrimiento y la cruz. Por eso busca inventar todo tipo de evasiones para ignorarlos. Por otro lado, cada día vemos con mayor consternación cómo grandes masas de seres humanos son explotados inmisericordemente por sus semejantes en la esclavitud sexual, la trata de blancas, el comercio de órganos, la industria del aborto, trayendo consigo la miseria y la degradación humana. Es claro que debemos aplaudir todos los progresos de la ciencia médica para enfrentar y curar enfermedades que causan tanto dolor y superar en cuanto sea posible el sufrimiento humano. Pero estos avances no suprimen la existencia de la enfermedad, de la finitud y del sufrimiento que la humanidad lleva dentro de sí. Tenemos pues que aprender a vivir con esa realidad dolorosa y difícil.
En esta situación se encuentra hoy el pueblo venezolano. Gran parte de su angustia y de su sufrimiento es causado por aquellos que debieran servirles para hacerles la vida más llevadera y humana. Hermanos venezolanos derraman sangre de otros hermanos venezolanos. Eso no está bien. Como esa realidad está allí delante de nosotros, tenemos que aprender a reconocerla para poder, con la fuerza que nos comunica el hombre de la cruz y del amor, Cristo Jesús, impedir que nos aniquile moral y espiritualmente.
El camino de la cruz que transfigura a los seres humanos en hermanos pasa por una permanente actitud de servicio, de fraternidad y de reconciliación. ¿No será mejor entonces aprender a recorrerlas, a asumirlas con Cristo, de la manera más humana y solidaria posible, para transformarlas en caminos de fraternidad solidaria, en crecimiento de convivencia humana y en aceptación de unos y otros para poder adelantar la construcción de un mundo mejor?
Jesús nos enseña que la cruz forma parte del camino humano, pero no es la meta. Quedarse en ella es inhumano y puro masoquismo. Dios no quiere el dolor por el dolor, como condición humana permanente. El dolor y el sufrimiento no son castigos de Dios. Hay que superarlos. Hay que ir más allá. Pero no ignorándolo o combatiéndolo artificialmente sino transformándolos como Jesús y con Jesús en camino hacia la gloria y la transfiguración. Con la esperanza de alcanzar esa tierra nueva y ese cielo nuevo desde ahora, desde nuestras condiciones terrestres limitadas, y más tarde en toda su plenitud. Ese es el reto que el Señor nos propone. Esa es su apuesta. Y nos invita como a los tres discípulos de la montaña a no tener miedo en recorrerla con fe. El hizo el camino completo y nos garantiza que es el único que tiene salida.
Que el mismo Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas», haga hecho brillar la luz en nuestros corazones, para que demos a conocer la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. El himno litúrgico siguiente recoge toda la enseñanza de esta hermosa fiesta:
Para la cruz y la crucifixión,
para la agonía debajo de los olivos,
nada mejor
que el monte Tabor.
Para los largos días de pena y dolor,
cuando se arrastra la vida inútilmente,
nada mejor
que el monte Tabor.
Para el fracaso, la soledad, la incomprensión,
cuando es gris el horizonte y el camino,
nada mejor
que el monte Tabor.
Para el triunfo gozoso de la resurrección,
cuando todo resplandece de cantos,
nada mejor
que el monte Tabor. Amén.
Maracaibo 6 de agosto de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera fmi
Arzobispo de Maracaibo


viernes, 4 de agosto de 2017

¿EN QUE CONSISTE SER HOY BUEN PASTOR?

Con motivo de la fiesta de San Juan María Vianney, santo sacerdote francés del siglo XIX, quiero animarlos a todos ustedes, mis queridos hijos, a mantener viva la llama de su sacerdocio y de su servicio pastoral, compartiendo con ustedes parte de la homilía que Mons. Ángel Caraballo pronunció la semana pasada, en la ordenación presbiteral de Fray Fabián, un religioso agustino venezolano. ¡Feliz día del párroco! Mons. Ubaldo Santana.

¿En qué consiste ser hoy día, en medio de la sociedad venezolana, polarizada, empobrecida y divididas por luchas ideológicas, Buen Pastor?

El sacerdote, buen pastor, debe estar delante (EG, 31), para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, es decir, debe convertirse en modelo, en guía y en luz. El sacerdote es el primero en hacer lo que tienen que hacer los demás, el primero en emprender el camino que han de seguir los demás.

A imitación de Jesús el Buen Pastor, el sacerdote debe estar en medio de todos (EG, 31), con su cercanía, sencilla y misericordiosa. Debe llenar su actividad cotidiana de tiempos para los demás y de tiempos para el Señor. El sacerdote debe alimentarse del pan de la palabra y de la eucaristía, de la oración personal, del rezo y meditación de la Liturgia de las Horas y el rezo del Rosario, pues está convencido que sin Jesús no puede hacer nada, que es un simple instrumentos en sus manos, y que su misión principal misión es dar a Jesús a quien tiene en su corazón. Es práctica que debemos preservar durante toda nuestra vida de servicio.

En ese trato cercano con la gente, el sacerdote a imitación de Jesús, debe mirar a las personas a sus ojos con una profunda atención amorosa; debe ser siempre accesible a la gente, evitar protocolos innecesarios; no debe hacer caso al qué dirán ni a los respetos humanos, cuando se trata de servir a los excluidos de la sociedad; no debe aferrarse a un horario de atención al público como si fuese un funcionario público que gana por las horas que trabaja. En fin, debe vivir no para sí mismo sino para los demás.

El sacerdote, en ocasiones, deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos (EG, 31). Ha de tener un corazón magnánimo en el cual, entre todas las personas, especialmente aquellas que, por su condición política, social y económica, son excluidas y no tomadas en cuenta.

Dentro de algunos minutos, Fabián, públicamente, serás interrogado sobre tu idoneidad y recta intención de recibir este misterio que te confiará la Iglesia. Y, posteriormente, actuarás siempre públicamente, en representación de la Iglesia y de la Orden a la cual perteneces. Que seas siempre buen ejemplo para el pueblo fiel. Recuerda la advertencia que San Agustín hace sobre los malos pastores, quienes, colocados a la vista de todo el pueblo fiel, matan a sus ovejas con el mal ejemplo. pues desaniman a las fuertes y a las débiles les dan ocasión de justificar sus propios pecados, como si estas ovejas dijeran: “si mi pastor vive de esta forma, ¿quién soy yo para no hacer lo que él hace? Se trata de malos pastores a los que san Agustín aplica las palabras del evangelio: “Hagan lo que les dicen, pero no hagan lo que ellos hacen” (Mt 23, 3). Y un mal pastor es un pésimo testimonio para la promoción vocacional.

Al final del evangelio, el Señor nos ha dicho: “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rueguen, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies” El Señor, de alguna manera, empeña su palabra: tendremos más sacerdotes, si rezamos más por las vocaciones sacerdotales y religiosas.

San Juan Pablo II, durante su dilatado pontificado, solía, cada año, enviar una carta a los sacerdotes el jueves santo. En su primera carta, relata una experiencia que se daba con cierta frecuencia en Alemania del Este, tras el telón de acero donde la persecución los dejó sin sacerdotes. Dice el Papa: “piensen en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y desde donde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aun conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarísticas: y he aquí que el momento que corresponde a la consagración desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por llantos… ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que solo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar!  Como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: “yo te absuelvo de tus pecados”. Tan profundamente sienten la ausencia de un sacerdote en medio de ellos.

Estos lugares no faltan en el mundo ni en Venezuela. Venezuela necesita muchos y santos sacerdotes. La Orden de San Agustín necesita muchos y santos sacerdotes religiosos. En la última Asamblea Ordinaria del Episcopado Venezolano, nos sentamos, obispos y promotores vocacionales, a analizar la situación vocacional en Venezuela. Estudiamos los datos correspondientes a los años 2010-2015, que aparecen en el Anuario Pontificio. Según esos datos, en ese período, fueron ordenados 411 sacerdotes, fallecieron 100 sacerdotes y 36 abandonaron el ministerio. El número de sacerdotes diocesanos ha crecido en un 13%, mientras que los sacerdotes religiosos se han reducidos en un 9%. En cuanto al número de seminaristas diocesanos se mantiene por encima de los 800, en cambio, el número de los formandos religiosos se ha reducido en un 25%. De 412 formandos en el 2010, pasaron a 302, y actualmente hay una tendencia a la baja. Estos datos nos deben llevar a secundar el mandato del Señor: Orar para que el Señor envíe sacerdotes a su Iglesia.

+Mons. Ángel Caraballo
Obispo Auxiliar de Maracaibo

viernes, 28 de julio de 2017

Comunicado a los Sacerdotes y Diáconos sobre las Eucaristías del Domingo 30/07/17 y de los domingos siguientes.

Arzobispo de Maracaibo
Comunicado a los Sacerdotes y Diáconos
sobre las Eucaristías del Domingo 30/07/17 y de los domingos siguientes.

Sin el domingo no podemos vivir
“Se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles,
a la comunión, a la fracción del pan y a la oración”. (Hch 20, 11)

Sin el domingo no podemos vivir”, con esta célebre frase de los mártires de Abitina  (304), y que el Papa Benedicto XVI comentó en la homilía de la Misa de clausura del Congreso Italiano (Bari 29-05-05), quiero dar respuesta a las inquietudes de algunos de ustedes, deseosos de saber qué criterios y pautas debemos asumir con relación a la celebración de las eucaristías de este domingo 30.
1) Lo primero que tengo que recordarles es la principalidad del domingo en la vida cristiana como celebración semanal de la Pascua (cc. 1.247 y 1.248). “Sine dominico non possumus; es decir, sin reunirnos en asamblea los domingos para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.
2) Necesitamos este Pan para afrontar las fatigas y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para hallar fuerza en Él, que es el Señor de la vida. El precepto festivo no es, pues, un deber impuesto desde fuera, un peso con el que tengamos que cargar. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar así la comunión de los hermanos en Cristo es una necesidad para el cristiano, una alegría; de esta forma  el cristiano puede encontrar la energía para el camino que hemos de recorrer.
3) No está en mi potestad- excepto en casos de extrema gravedad- ni en la potestad de ningún párroco o sacerdote, privar al pueblo cristiano de esta gracia fundamental. Al contrario, debemos ofrecerle todos los medios de salvación de los cuales somos simples administradores para que se sostenga firme en su fe, alimente su esperanza y viva las múltiples formas de la caridad, que las circunstancias le exigen. (c. 213)
4) En estos tiempos de gran tribulación y zozobra por los que atraviesa nuestra patria, reunirnos para orar juntos, escuchar la Palabra y alimentarnos del Pan eucarístico es más necesario que nunca. Solo así podremos estar más unidos al Señor y entre nosotros, fortalecer nuestros vínculos de solidaridad fraterna, acertar en nuestras actuaciones cívicas e impedir que la duda socave nuestra fe, la angustia corroa nuestra esperanza y el pesimismo apague el fuego de nuestra caridad.  
5) Por lo tanto, hechas las debidas consultas, dispongo los siguientes criterios y pautas de actuación para las eucaristías de este domingo 30 de julio y para los próximos si las circunstancias críticas se mantienen:
6) Es conveniente y necesario, como norma general, mantener las misas dominicales. Nunca se deben suprimir ni tampoco mantener cerrado el templo, al menos que existan circunstancias extremadamente graves que pongan en riesgo la integridad de los fieles y el edificio. De existir tales circunstancias deben notificarlo a las autoridades para pedir protección y notificarlo al Arzobispo o al Obispo auxiliar para obtener la autorización.

7) Que cada uno después de haber orado y haberle pedido al Señor las luces del Espíritu para hacer un discernimiento cristiano, evalúe el ambiente de seguridad que rodea el templo parroquial, y en función de ello, reacomode, si es necesario, los horarios o suprima, eventualmente, alguna de las misas que tiene programada. El Señor sabrá iluminarnos para que no llevemos a cabo aquellas acciones temerarias que puedan o privar al rebaño del alimento de vida o exponerlo a riesgos y peligros mayores.
8) Que Nuestra Señora de Chiquinquirá nos acompañe en este hermoso servicio del pastoreo que, en situaciones como esta, nos piden dejar de lado el miedo, afianzarnos firmemente en la fe y ser capaces de transmitir la fortaleza espiritual y la esperanza que tanto ansía nuestro pueblo en estos momentos. Dios los bendiga.
Maracaibo 29 de julio de 2017

+Ubaldo R.  Santana S. FMI
Arzobispo Metropolitano de Maracaibo

+Ángel Caraballo
Obispo Auxiliar

jueves, 27 de julio de 2017

ANTE LAS ELECCIONES PARA LA CONSTITUYENTE Dios no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes (Sabiduría 1,13)

CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA
PRESIDENCIA


ANTE LAS ELECCIONES PARA LA CONSTITUYENTE
Dios no hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes (Sabiduría 1,13)

1.- Faltando pocas horas para las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana reitera su rechazo a esa iniciativa, por considerarla inconstitucional, pero además, innecesaria, inconveniente y dañina para el pueblo venezolano. En efecto: no ha sido convocada por el pueblo, tiene bases comiciales inaceptables, y en ella estarán representados sólo los partidarios del oficialismo. Será un instrumento parcializado y sesgado que no resolverá, sino agravará los agudos problemas del alto costo de la vida, la escasez de alimentos y medicamentos que sufre el pueblo, y ahondará y empeorará la profunda crisis política que padecemos actualmente.

2.- Vivimos horas difíciles cargadas de incertidumbres y contradicciones, lo que en otras latitudes es expresión normal de la ciudadanía, entre nosotros se convierte en enfrentamientos de creciente intensidad y con un ventajismo desgarrador: efectivos militares y policiales, y grupos civiles armados afectos al gobierno, obran coordinadamente atropellando al pueblo que manifiesta su descontento y su rechazo a la asamblea constituyente.

3.- Una vez más alzamos nuestras voces contra la violencia, venga de donde venga. Es preciso que si se da ese proceso, que no apoyamos, se desarrolle sin violencia. La violencia no puede ser nunca la forma de solucionar los conflictos sociales que se agravan día a día en nuestra sociedad venezolana. La represión desmedida con saldo de heridos, muertos y detenidos genera mayor violencia.

4.- Queremos recordarle a la FANB, responsable en estos días con el Plan República, que su primera obligación es con el pueblo y está llamada constitucionalmente a defender la vida de todos los ciudadanos, sin distingos de ninguna clase ni parcializaciones políticas. Los hechos del día de ayer no parece que vayan en esa línea; por tanto, que en estos momentos de tensión no sea la irracionalidad y la fuerza bruta la que pretenda solucionar el reclamo de buena parte de la sociedad.

5.- El papel primario de la FANB es mantener la paz y el orden para que la racionalidad y el actuar de las partes en conflicto tienda puentes que superen el caos en el que estamos sumidos. No aumentemos más el sufrimiento y la angustia de tanta gente que quiere vivir en paz, que se escuche y respete su voz de protesta y se encuentren caminos de entendimiento y bien para todos. Como nos dice el Papa Francisco "el conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada" (EG 226).

7.-Desde el fondo de nuestro corazón y como expresión de fraternidad surgen dos expresiones muy humanas y cristianas: un "no matarás" física o moralmente en forma de violencia y represión que generan muertos, heridos y encarcelados; y un "cultiva la vida" en medio del pueblo por la solidaridad que comparte el pan, el medicamento, la vida en común, la verdad que enaltece, el bien que nos hace mejores, la fe que siembra esperanza.

8.- Que el Señor y la Virgen de Coromoto bendigan a Venezuela y que los venezolanos podamos resolver nuestros conflictos de manera pacífica. Amén.



Caracas, 27 de julio de 2017