domingo, 15 de abril de 2018

DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018 LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018
LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


Muy amados hermanos,
Pascua nos comunica la gran noticia de la resurrección de Jesucristo, tres días después de su crucifixión y sepultura. No hay registros científicos ni evidencias físicas de tal acontecimiento. Un sepulcro vacío. Sudarios y mortajas, no son suficientes pruebas de un fenómeno tan extraordinario. Jesús sólo quiso constituir testigos. Jesús resucitado se manifestó primero a unas mujeres. Las mujeres se lo comunicaron a los apóstoles. Luego Jesús se hizo presente a los apóstoles y los constituyó testigos suyos. Todo ha descansado desde entonces en el testimonio de estos hombres. La historia de la Iglesia es una sucesión viva de testigos que sostienen que Jesús no quedó prisionero de la tumba ni de la muerte, sino que resucitó y ofrece esa misma resurrección a los que creen en él.
Estos hombres no se volvieron testigos de una vez. Jesús los fue trabajando y moldeando, como si hacía falta volver a la casilla de partida, a raíz de su resurrección. “Vuelvan a Galilea, al lago. Me adelanto a ustedes y allí los espero” (Cfr. Mc. 16,7). Pasaron por todo un proceso de profunda conversión. Lo primero que Jesús hizo fue ratificarlos como sus apóstoles. Ellos sentían que habían perdido esa condición después de fuga cobarde en el momento del arresto. Habían quedado desnudos, frágiles, expuestos, como aquel joven del jardín de los Olivos que huyó dejando su túnica en las manos de sus captores (Cfr. Mc 14,51-52).
 El Señor se ocupó de ellos desde el mismo día de su resurrección. San Juan cuenta que se hizo presente en medio de ello esa misma tarde cuando, acogotados por el miedo y la vergüenza, se habían encerrado en una casa anónima. No les recriminó su cobardía. Exorcizó sus miedos y los volvió a revestir de la paz interior: “La paz esté con ustedes”. Sin paz interior siempre se anda desnudo, expuesto, vulnerable.
El evangelio de hoy, que es a la vez la continuación y el epílogo del episodio de Emaús, nos introduce nuevamente en esa sala. Una sala donde repentinamente el Señor se hace presente y la transforma en una escuela activa de formación de testigos. Entremos allí nosotros también y aprovechemos esa magnífica formación, bajo la batuta de tan prestigioso maestro. ¿Cómo transformar hombres cobardes y miedosos en ardientes testigos de Cristo resucitado? 
Allí están los once y los dos discípulos recién llegados de Emaús, relatando emocionados lo que les había ocurrido en el camino de ida y sobretodo en la posada, “al partir el pan”. Sin embargo, cuando Jesús glorioso se hace presente, los envuelve nuevamente la sorpresa, el terror, la duda y la confusión. ¿No será un fantasma? Después de devolverles la paz, Jesús les habla de su nueva condición resucitada de tres formas muy concretas.
Primero con su cuerpo llagado. “Miren mis manos y mis pies”. El que tienen allí es el mismo que fue torturado, clavado, perforado, taladrado en pies y manos. Es él. No hay duda.  ¡No nos cansemos nunca de mirar esas manos y esos pies llagados! El resucitado es un resucitado llagado. Llegó a la meta, pero las heridas del camino no se han borrado. ¡Las llagas de Cristo: puertas para entrar en su vida resucitada! Las llagas de él. Las llagas del mundo, envuelto en calamidades y discordias. Las llagas de los desheredados, de esa humanidad sobrante que estorba a los poderosos y buscan eliminar a través del “fastrack” del aborto y de le eutanasia. Ya no es solo el incrédulo Tomás, el invitado a tocar y ver. Ahora son todos los apóstoles. Ahora somos todos nosotros.
Segunda lección hacer comunidad de mesa con el resucitado. Compartir lo que tienes con él y con los suyos. “¿Tienen aquí algo para comer?” ¡Como resuena en nuestros oídos venezolanos en este momento esa pregunta! La oímos ahora tantas veces. Ayer se me acercó un señor al final de la misa. Padre, vengo del estado Falcón. He tenido que traer a mi hijo al hospital y ni yo ni mi esposa hemos comido desde ayer. ¿No tiene aquí algo para comer? Ya las ollas comunitarias, los bocados de la alegría, las caravanas de la sopa, los cinco panes y dos peces, las mesas de la misericordia se han vuelto un programa permanente en nuestras comunidades y parroquias. Y se agranda cada día más la lista de comensales.
A Cristo resucitado y a su vida se llega compartiendo su alimento en la eucaristía, compartiendo nuestro alimento, nuestra mesa con los necesitados como Jesús comparte la suya con nosotros. No hay forma de participar en la multiplicación de la vida y del amor que trae cada eucaristía sin oír al Señor decirnos: “Denles ustedes de comer” (Mc 6,37).  Como dice un bello himno de nuestra liturgia: “¿Cómo sabremos que eres uno de nosotros, si no compartes nuestra mesa humilde?” Dice el evangelio: “Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y lo comió en presencia de todos”.
Tercera lección. Abrir nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. El Libro de la Biblia se comprende cuando se lee desde y con el libro de la vida. La clave para ensamblar estas dos lecturas la tiene el Señor. Cuando él se hace presente, colocando su Palabra viva en el corazón palpitante de nuestra vida, entonces nuestros ojos se abren, nuestra mente se ilumina, nuestro corazón arde. Entonces captamos con alegría lo que dice Hugo de San Víctor, gran teólogo de la Edad Media: “Toda la divina Escritura es un solo libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y se cumple en Cristo”.
Cristo Jesús no solo da unidad a toda la Escritura. Da unidad y coherencia a toda nuestra vida. Dejémonos leer por Cristo y nuestra vida cobrará ilación. Tendrá origen y meta. Para ser testigo de Cristo resucitado tenemos que dejarnos trabajar por la Palabra de Cristo desde el corazón de nuestra vida. Así podremos decir como S. Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida…que hemos visto y de la que somos testigos, se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1-4; Hech 10,39-41)).  
Estos son los caminos que el Señor hace recorrer a los suyos para enviarlos como testigos suyos. Solo falta el don supremo que hará el ensamblaje final: el don del Espíritu Santo prometido por el Padre para que sean testigos del perdón, de la misericordia y de la reconciliación. No habrá nunca testigos calificados capaces de dar fe del Resucitado y de su mensaje sin la acción del Espíritu Santo. Él es, con Cristo Jesús el supremo testigo (1 Jn 5,5-12). Nosotros somos simples instrumentos pasajeros.
De mil maneras, el mundo de hoy, los jóvenes de hoy necesitan testigos auténticos de la vida. Si prestamos atención oiremos sus preguntas: ¿Creen verdaderamente lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican verdaderamente lo que viven? Vivimos el tiempo privilegiado de los testigos. Este siglo, como el anterior, tiene sed de autenticidad. Las nuevas generaciones les hacen más caso a los testigos que a los maestros y si atienden a los maestros es porque también son testigos.
Los acontecimientos pascuales poseen tal fuerza salvadora que nada escapa a su acción y todo queda regenerado en vida nueva. El Señor resucitado tiene sus propios caminos para introducir su savia transformadora en la historia del mundo y de los hombres. Pero ha querido valerse de las humildes y necias herramientas de la Iglesia, de la predicación y de la vida de sus testigos. Al escuchar los relatos de estos domingos nos damos cuenta que no les resultó fácil a sus discípulos llegar a la fe en Cristo resucitado. No es fácil, sin duda, llevar tal tesoro y encargo en pobres vasijas de barro. No es fácil forjar testigos auténticos. Pero son los únicos que sirven para esta tarea.
Que gozo poder decir como Pedro: “¡Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello!”. U oírse decir del mismo Jesús al final de esta eucaristía, cuando recibamos el envío del sacerdote, como al final de este evangelio lo oyeron sus apóstoles: “Ustedes son testigos de esto”. “Tú eres testigo de esto”. La responsabilidad es grande. ¿Seremos capaces de responderle al Señor? Siempre habrá dudas. Pero Jesús una y otra vez nos mostrará sus manos y pies llagados, se sentará pacientemente con nosotros para compartir el pan, y nos insuflará con su Espíritu una nueva inteligencia de su Palabra de vida y de amor. No nos desanimemos. El pecado sin duda nos acecha a todos en el recodo de cada camino, pero el Maestro, es también Pastor y el Justo Redentor.
Maracaibo 15 de abril de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


sábado, 14 de abril de 2018

Homilía para la Misa del sábado II de Pascua, en la conmemoración del X Aniversario del tránsito de Chiara Lubich


Homilía para la Misa del sábado II de Pascua,  en la conmemoración del X Aniversario del tránsito de Chiara Lubich


Queridos hermanos y hermanas,
Hemos venido hoy a esta santa iglesia catedral, para hacer memoria agradecida al Señor, por la vida y obra de su sierva Chiara. Mujer de nuestro tiempo que supo contemplar, admirar y anunciar a Jesús abandonado, así como el de acoger y vivir la bienaventuranza de la presencia del Señor en medio de los suyos a través de su Palabra de Vida y de la eucaristía. Hoy su legado espiritual se manifiesta a través de múltiples expresiones tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. Bendecimos al Señor por la presencia de la familia focolar en Maracaibo.
La Iglesia nos invita a realizar la ruta de estos 50 días del tiempo de Pascua hacia Pentecostés, de la mano de los primeros testigos de la Resurrección del Señor. Hoy nos guían Juan, el evangelista, y San Lucas. Así camina la Iglesia: de la mano de testigos del Señor, que él escoge y suscita de manera siempre sencilla y sorprendente.
El libro de los Hechos de los apóstoles, nos narra hoy la elección de siete servidores de las mesas de misericordia para atender a las viudas de procedencia helenista. A lo largo del camino, el Señor va suscitando, de esta manera, nuevos servidores de su Palabra y de su misericordia en favor de la humanidad desatendida y falta de amor. Estos siete primeros servidores fueron los precursores de los diáconos permanentes. Así se manifiesta la acción del Espíritu Santo y la presencia del Resucitado en el mundo.
El evangelio de hoy pertenece al capítulo 6 de san Juan, que nos muestra a Jesús como pan de vida. Pan con su Palabra. Pan con su Eucaristía. El Señor tiene muchas formas de forjar el corazón y el temple de los suyos. Hoy los asombra caminando, al anochecer, sobre las aguas tumultuosas del lago, donde ellos agonizan de miedo, agotados y remando hacia la nada. En medio de aquella tenebrosa realidad de miedo y abandono, el Señor se hace presente, calma a los suyos, revela su poder sobre las fuerzas del mal, apacigua, sobre todo, las tempestades interiores que agitan más fuerte aún sus corazones y lleva la barca a buen puerto.
Es muy clara la enseñanza de este evangelio: no hay tempestad, turbulencia, o desierto donde el Señor no se haga presente; no hay soledad que él no habite; no hay noche que él no ilumine; no hay distancias que la fuerza de su amor no transforme en cercanía. Así es como él forja discípulos y seguidores suyos. Siempre llega donde están los hombres y mujeres más desolados para redimirlos y llevarlos a la casa común de su gran familia.  Nunca nos cansaremos de admirar cómo suscita hombres y mujeres capaces de hacer brillar su luz en medio de las tinieblas y apaciguar los corazones llenos de miedo y angustia.
¿Quién iba a pensar que, en plena guerra mundial, en la tempestad de los bombardeos, allá en el Trentino, como en una nueva zarza ardiente, el Señor se iba a manifestar a una joven maestra y a su grupo de amigas, que atendían premurosas en el refugio antiaéreo, a sus hermanos y vecinos aterrorizados, para abrir una nueva ruta de su presencia y hacer resonar su palabra fuerte y animosa que todo lo calma: “¡No tengan miedo, soy yo”!  Fue allí donde el Señor fraguó, sin que ni la misma Chiara se diera completamente cuenta, un nuevo carisma que necesitaba la Iglesia y el mundo: el carisma de la unidad. Si es posible soñar y trabajar por la unidad de toda la humanidad. Y la herramienta para ello es uno solo: el amor tal como Jesús nos lo enseñó con su vida, su Palabra, su muerte y resurrección.
Una vez más, como en el caso de María en los albores de la salvación, se valió Dios de una mujer, como tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. La Obra de María, así se llama esta nueva familia en la Iglesia, es una nueva comprensión, desde la experiencia de María, vivida por Chiara y sus amigas, de la espiritualidad de la unidad. De la mano de María, madre ejemplar, Chiara entra, deslumbrada por el Espíritu Santo, en el misterio de la unidad de Dios en el seno de la Trinidad. Descubre que la Trinidad es triunidad.
En el único Dios en quien creemos todas las realidades creadas, todas las personas creadas, todas las cosas confluyen en esa dirección. Allí en el corazón palpitante de amor de las tres personas divinas está el punto de encuentro, la cita final de todo lo creado. S. Pablo nos reafirma en esa certeza cuando nos presenta a Cristo Jesús muerto y resucitado, como la recapitulación de todos los seres, los de los cielos y los de la tierra (Ef 1,10; Fil 2,10). En ese camino, hacia esa meta, Dios colocó a María, la Theotokos, la Madre de Dios y también colocó a Chiara para que continuara, de algún modo, lo que inició con la madre de su Hijo.
Hoy, a 10 años de la pascua de esta sierva de Dios, vemos como ese carisma vivido en pequeña escala de un focolar, se ha difundido desde el ámbito católico hacia las demás confesiones cristianas y en el vasto mundo de las grandes religiones monoteístas. Ha sido grande la fuerza de esta convocatoria que el Señor ha querido suscitar en el mundo de hoy, en el corazón de tantos hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación, en la construcción de puentes que hagan posible la fraternidad universal. Los frutos recogidos ya nos dicen que estamos una vez más ante la acción y presencia del Espíritu Santo, que sopla donde y como quiere, conduciendo la barca de este mundo hacia un solo puerto.
Como los apóstoles en aquel momento, los venezolanos nos vemos envueltos hoy en una fuerte tempestad que amenaza con destrozarnos por dentro y por fuera. No solamente está amenazado el país. También lo están nuestros corazones, nuestra fe, nuestra capacidad de esperanza. En medio del oleaje brotan las angustiosas preguntas: ¿Cuándo llegaremos al puerto seguro de un país que nos ofrezca el pan, la salud y la seguridad de cada día? ¿Cuándo podremos de nuevo llevar una vida digna en justicia, paz y oportunidades de progreso para todos? El evangelio de hoy, en las palabras de Juan, el evangelio hecho vida por Chiara y sus amigas en plena descomposición física y moral de la segunda guerra mundial, nos anuncian que el Señor de la historia viene caminando sobre las aguas tempestuosas. y nos dice una vez más: “Soy yo. No tengan miedo.”
No dudemos. Llegaremos a buen puerto. Pero es de hoy, desde ya, que tenemos que construir entre nosotros esa sociedad unida y fraterna que anhelamos, fundamentada en la fe en Dios, tal como lo enseña la historia de fe de nuestro pueblo, enfocada en la búsqueda del bien común, del bien de todos, particularmente de los más necesitados. La generosidad, la fraternidad, la solidaridad real se pueden practicar y vivir ya, aquí, ahora, allí donde estamos. Jesús nos conduce. Jesús no nos ha abandonado. No importan lo sencillos y pequeños que sean nuestros gestos de amor, con tal sean gestos de esperanza que nos saquen de nosotros mismos y nos hagan ir, como Cristo Jesús, hacia los demás. Si actuamos así, la barca tocará tierra en el momento en que menos lo esperemos.
Hace 10 años, Chiara llegó a buen puerto y echó anclas en el corazón amoroso de la Trinidad. Sus hijos y sus hijas, hacen presente su carisma en múltiples expresiones religiosas, culturales, políticas, económicas, artísticas, llenos de confianza en la presencia de Jesús en medio de ellos. Oramos por ella por su pronta beatificación. Oramos con ella por los suyos. Oramos con la familia focolar presente en Maracaibo para que sigan ofreciéndoles a todos, este legado. “Padre santo, que todos sean uno, como tu y yo somos uno. Para que el mundo crea que tú me has enviado”. Amén.
Maracaibo 14 de abril de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


domingo, 8 de abril de 2018

LA VIDA EN COMUNIÓN, FORMA CRISTIANA DE VIVIR Y DAR TESTIMONIO DE CRISTO RESUCITADO


SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA B-2018
LA VIDA EN COMUNIÓN, FORMA CRISTIANA DE VIVIR
Y DAR TESTIMONIO DE CRISTO RESUCITADO

Amaneció el primer día, En el jardín de la vida. ¡Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre!

Muy amados hermanos.
El domingo de hoy lleva varios nombres. Es conocido, en primer lugar, como domingo. Es el único día de la semana que lleva un nombre cristiano, en honor a Jesús el Señor, (“dominus” en latín). Este día, primer día de la semana, fue escogido desde el principio, en vez del sábado judío, por los seguidores de Jesús, para reunirse en su nombre y celebrar la eucaristía, ya que fue ese día que él resucitó de entre los muertos.
Desde la antigüedad cristiana se le conoce también como domingo “in albis”. Los bautizados en la vigilia pascual, después de ser introducidos en los sagrados misterios a lo largo de la semana, mediante unas catequesis llamadas mistagógicas, son admitidos solemnemente el domingo siguiente -este domingo- en la comunidad eclesial. Entran con sus vestiduras blancas de neófitos (recién bautizados), comparten con sus hermanos por primera vez toda la liturgia eucarística dominical y, al salir, se despojan de sus túnicas blancas y se visten con la ropa de la vida ordinaria, para asumir su misión testimonial en la vida ordinaria.
Más recientemente, San Juan Pablo II, quiso distinguirlo también con el título de Domingo de la Misericordia, acogiendo así un deseo expresado por el Señor, en una revelación privada, a la santa religiosa polaca Faustina Kowalska, en plena segunda guerra mundial.
Las lecturas de este domingo y de todo el tiempo de pascua, quieren ayudarnos a asumir nuestra condición de bautizados y transformarnos en testigos convencidos de Cristo resucitado.  El Señor murió y resucitó, no para unas cuantas personas o un grupito de privilegiados, sino para renovar el mundo y la humanidad entera. Pero Jesús quiere que su evangelio de vida nueva se trasmita por medio de hombres y mujeres transformados en testigos suyos, no aisladamente sino unidos en la Iglesia. La Iglesia nace y crece por la comunicación de la experiencia vivida y celebrada de la pascua.
Por ese motivo, los textos de hoy están centrados en la vida en comunidad, como una de las notas fundamentales de la vida de los discípulos de Jesús. La primera lectura, describe, de forma resumida e ideal, el perfil de la comunidad primitiva de Jerusalén. La carta de S. Juan nos presenta la fe, como el principio activo y la herramienta fundamental de los hijos de Dios, para inyectar en el mundo el dinamismo de la vida nueva en el Espíritu. Finalmente, el evangelio describe la transformación que se produce en un grupo humano encerrado y miedoso, cuando Jesús resucitado se hace presente en medio de él. Vivir en comunidades testimoniales y misioneras, vivir en Iglesia, es por consiguiente una de las notas fundamentales de la nueva realidad iniciada por Cristo Jesús en este mundo con su muerte y resurrección. Les invito a leer todos los textos bíblicos de hoy en esta perspectiva.
San Lucas, en el libro de los Hechos, resume con la palabra comunión, koinonia en griego, la forma de vida de los primeros creyentes en Cristo. Esta comunión se entiende primero como comunión espiritual; “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”.  Como comunión formativa: “acudían con perseverancia a la enseñanza de los apóstoles (2, 42)”. Finalmente, como comunión material: “lo poseían todo en común” (v. 32). Los versículos siguientes resaltan la consecuencia “social de esta comunión de bienes: “Entre ellos no había necesitados”.


Es pues con esta manera concreta de vivir, “en comunión”, que los primeros cristianos dan testimonio, hacia afuera, de la resurrección del Señor. Hacia adentro asientan una forma resucitada de vivir. El anuncio del Señor no se hace solo con palabras. Se hace simultáneamente con palabras y hechos de vida. Así anunció Jesús el advenimiento del Reino: con hechos, actitudes y palabras.
Este modo de anunciar y testimoniar a Cristo Jesús ha de ser también el nuestro. Todos los bautizados, sin excepción, estamos llamados a vivir así. La vida cristiana se contrapone a los modelos civilizatorios que promueven el individualismo, la lucha entre hermanos, la libertad sin conciencia ni límites morales, el narcisismo a ultranza, la indiferencia e insensibilidad hacia el prójimo que sufre.  Tampoco es compatible con la uniformidad, la imposición de un único modelo, el avasallamiento de la libertad y de las conciencias, para imponer un falso igualitarismo populista. La comunión es el fruto del Espíritu Santo y sólo se alcanza cuando se busca la unidad en el respeto de la diversidad de dones que el Espíritu reparte libremente.
El primer testimonio que los cristianos debemos dar de la veracidad de la resurrección del Señor es, por consiguiente, nuestra vida comunitaria y fraterna. Ese es el gran mensaje de Cristo vivo que el cristianismo debe transmitir al mundo.  Es tan importante este testimonio, que San Juan, en su evangelio, lo presenta como una condición indispensable para que el mundo crea. “Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos estén en nosotros para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Si el cristianismo no hace eso, traiciona su vocación fundamental y se vuelve como la sal que no sala, la luz que no alumbra, el fermento incapaz de levantar la harina para hacer pan (Mt 5,13; 15-16; 13,33).
La comunión fue asumida como categoría fundamental en el Concilio Vaticano II, para definir el modelo de Iglesia requerido por la evangelización de los tiempos actuales. Esta vida en comunión tiene que verificarse en todos los niveles y expresiones estructurales de la Iglesia. La familia está llamada a vivir esta comunión, constituyéndose en pequeña iglesia doméstica. Las parroquias han de llegar a ser el pueblo de Dios organizado en una gran comunidad formada por pequeñas comunidades sectoriales, serviciales y misioneras. La diócesis ha de ser y aparecer como una gran familia de los hijos de Dios unida por lazos fraternos.
 Hacia afuera, la vida en comunión, exige a los cristianos presentar modelos concretos de vida comunitaria fraterna y solidaria, así como proyectos sociales y políticos que se basen en la dignidad de la persona humana; favorezcan la conformación de núcleos humanos, fraternos, solidarios; que privilegien el bien común y el principio de la subsidiariedad por encima del centralismo y de los intereses individuales. En el nivel internacional, promover la comunión se traduce en un empeño permanente, junto con todas las demás organizaciones humanitarias, para favorecer iniciativas que promuevan la integración, la convivencia entre los pueblos; la interculturalidad, el diálogo interreligioso, el ecumenismo. Las guerras, los nacionalismos, las segregaciones, la industria armamentista, los militarismos nacionalistas, deben quedar definitivamente atrás, como trastes viejos y dañinos.
Este es también el mensaje contenido en el evangelio de San Juan. Una comunidad sin Jesús resucitado, es una comunidad que se encierra en sí misma, paralizada por el miedo. Una comunidad con Jesús, el llagado resucitado en medio de ella, es una comunidad que se llena de paz y serenidad interior, descubre la alegría de la fe, sale de sí misma y se proyecta con entusiasmo desbordante hacia los desheredados, los olvidados, los no tomados en cuenta. Es una comunidad impulsada por el Espíritu Santo, que aprende a vivir de fe, a dar testimonio de la fuerza que tiene la misericordia, el perdón y la reconciliación, para reconstruir este mundo desde sus cimientos.
No nos quedemos encerrados. Salgamos hacia los más alejados. No basta recibir la misericordia divina. Seamos transmisores y portadores de la misericordia que brota constantemente del costado abierto y de las llagas gloriosas del resucitado. Rompamos, a fuerza de perdón y amor, los cercos que el demonio ha colocado sobre nuestra patria y nuestras comunidades políticas, económicas, culturales, religiosas y sociales. Pero hagámoslo juntos. No sirve actuar y vivir como Tomás, solos, desgajados de la comunidad eclesial, pidiendo pruebas caprichosas. Nuestra fuerza, para lograr profundos cambios en nosotros, en nuestra Iglesia y en el mundo, reside en nuestra comunión, en nuestra unidad real. Solo si somos y actuamos como hermanos, comunitariamente, seremos los testigos que el Señor está esperando que aparezcan en Maracaibo y en toda Venezuela, para que su gracia empiece a fluir con fuerza, trayendo nuevamente vida y esperanza para todos.
Maracaibo 8 de abril de 2018, en el domingo “in albis” y de la Divina Misericordia.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 1 de abril de 2018

MENSAJE DE PASCUA 2018


MENSAJE DE PASCUA 2018

¡Jesús ha resucitado! Este es el mensaje que resuena esta noche en todas las vigilias que los cristianos celebramos en el mundo entero. Nos hemos congregado, nosotros también, al término del largo camino cuaresmal, para recibir con inmenso gozo esta noche de fiesta, de luz y de vida, renovar con gozo nuestra condición cristiana y comprometernos a trasmitir tan maravillosa noticia.
La resurrección de Jesús de entre los muertos, tres días después de haber sido crucificado, junto con dos ladrones en el monte de la calavera, no marca solamente la conclusión de su historia personal y de su ministerio público en Palestina, sino también la conclusión gloriosa de toda la historia de la salvación.
Todo comenzó, como lo escuchamos en las lecturas de esta noche, en tiempos remotos. Dios creó un universo armonioso, que llegó a su culmen con la creación de la pareja humana “a imagen y semejanza” suya. Varias veces el autor del relato a medida que va desgranando, día tras día la obra creadora, deja claro que todo brotó de las manos de Dios con armonía y belleza. El “todo está bien”, se transforma en “todo está muy bien”, cuando tiene ante sí a la primera pareja humana. Esa belleza y esa bondad sufre un profundo descalabro con el pecado de Adán y Eva, y se prolonga, como una onda maléfica e indetenible, de división, odio, venganza, codicia, guerra y destrucción, envolviendo el orbe entero, su historia y sus pueblos, en un manto de tinieblas.  
Pero Dios no dejó a ninguna de sus criaturas en el abandono. Con Noé, con Abrahán, y luego con Moisés y seguidamente con Josué, los jueces, los reyes, los profetas y los sabios llevó adelante, a través la historia concreta de un pueblo, su plan salvador. Ni los tumbos del ser humano, ni las infidelidades del pueblo de Israel, por su dura cerviz y su corazón de piedra, detuvieron la persistente búsqueda de Dios-Pastor de sus ovejas perdidas.  A través de personas elegidas primero, y finalmente, en la persona de su mismo Hijo hecho hombre, hizo real y efectiva su presencia redentora.
La llegada de su Hijo a este mundo en el seno de María, la sierva pobre de Nazaret, marcó el inicio de la plenitud de los tiempos (Gal. 4,4). Con él, con su vida, su mensaje, su obra, su entrega y finalmente su muerte en cruz y su admirable resurrección, Dios llevó a feliz término lo empezado en la creación y desarrollado a través de los siglos con la primera alianza.
Es hermosa la historia que hemos escuchado llenos de exultación, en el himno que anuncia, al inicio de esta velada, la llegada de la Pascua. “Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. En la primera pascua un solo pueblo, el pueblo hebreo, pasó a través del Mar rojo, de la esclavitud a la libertad. La noche en que Cristo resucita, es la humanidad entera que pasa el infranqueable Mar rojo, a través de las aguas del bautismo, de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.
Nunca terminaremos de gozarnos de esta victoria de Jesús. “¡Qué asombroso beneficio de su amor (el de Dios) por nosotros! ¡Qué incomparable su ternura y caridad!” Con esta Noche dichosa se inicia una nueva creación; se levanta un nuevo sol “que no conoce ocaso”. La nueva creación que se inicia el primer día de la nueva semana, es una obra “más maravillosa todavía que la misma creación del mundo”. Por obra de Jesucristo, el nuevo Adán y la nueva Eva, su Iglesia, todas las cosas empiezan a confluir hacia aquella unidad y belleza plural y armoniosa, que tuvieron en su origen.
Si. Exultemos, hermanos, ¡porque esa noche de liberación también es nuestra! ¡Es la Pascua de toda la humanidad! ¡Es nuestra Pascua, tu pascua! Cristo Jesús portando la cruz, no ya como signo de suplicio sino como trofeo de victoria, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes; expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.
El diablo pierde definitivamente su dominio sobre este mundo ¡Se une nuevamente y para siempre el cielo con la tierra, la humanidad con Dios, el tiempo con la eternidad, el ser humano con su semejante, los hombres con la creación! Dios Padre abre nuevamente las puertas de su casa a sus hijos pródigos, los viste de la dignidad de hijos suyos, les da un nuevo corazón sensible y apasionado por el bien, les comunica un nuevo Espíritu, los invita a todos a la fiesta y los habilita para cumplir amorosamente sus mandatos.
Lo ocurrido esa noche en Cristo, pasa a ser de ahora en adelante, patrimonio de la nueva humanidad. Todos estamos implicados en lo que vivió Jesús en las horas amargas de su pasión. Ahora todos también quedamos asociados a la vida nueva y viviremos con El para siempre.  Ya no estamos llamados a vivir perpetuamente en pugna, en guerra. Los enemigos nos podemos volver hermanos. Los egoístas acaparadores aprendemos a compartir; los rencorosos a perdonar, los codiciosos a compartir, los irrespetuosos y violentos a dialogar. La lucha y la destrucción mutua, a través de la explotación, no son ya el motor de la historia sino el amor y la misericordia, hechos perdón, compasión, cercanía y servicio desinteresado. Todo empezó bello y ahora es posible que todo pueda terminar también bello: otro mundo, otras relaciones humanas, otra organización política y social en beneficio de todos.
¡Todo puede concluir también bello! Así se lo comunica el joven lleno de luz, sentado a la derecha de la tumba vacía, a las mujeres, la madrugada del domingo.  “¿Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Ahora vayan a decirle a los discípulos que no han perdido su condición de discípulos míos, pese a su fracaso rotundo y a su huida cobarde (Cfr. Mc 14,50). Díganles que la historia no ha terminado. Ahora es cuando empieza. Que vuelvan a Galilea, que la retomen, pero ahora conmigo, a la luz de mi resurrección, caminando delante de ellos, como su verdadero y definitivo Maestro y Señor.
Esta es la Pascua que nos ofrece el Señor. Nosotros también, estamos invitados, a la luz y bajo la fuerza irradiante del resucitado, a retomar el hilo de nuestras existencias, desde nuestras respectivas Galileas, y a releer, bajo esta luz, toda la historia de nuestra vida, con sus tumbos, sus caídas, sus tinieblas e infidelidades, sus negaciones, traiciones y zancadillas. Él nos precede. Él va adelante. Él marca el camino.
Renovemos con nuestras promesas bautismales este sagrado compromiso. Proclamemos con más fuerza y entusiasmo que nunca, la fe que hemos recibido. No tenemos mayor tesoro que éste. La luz de Cristo nos ha iluminado. No dejemos que otras falsas luminarias nos encandilen y engañen. Para elevar el nivel de calidad de nuestras vidas y la de nuestros hermanos más desposeídos, tenemos una medida formidable: la de Jesús. Esa es la única medida por la que tenemos que vivir, movernos, organizarnos y avanzar en este mundo. Él alumbra y comunica su luz consumiéndose. Así tenemos que vivir siempre, como Cristo: alumbrando, comunicando luz y consumiendo, de esta manera, entregada y servicialmente nuestras vidas por los más débiles. Esta es la fuente de la vida y de la verdadera felicidad.
Con la resurrección del Señor, reafirmamos nuestra esperanza y nuestro compromiso caritativo” (Mensaje de la Presidencia de la CEV del 19-03-18). Oxigenemos a Venezuela con este nuevo soplo de esperanza. Devolvamos a los pobres y sencillos sus ganas de vivir y su protagonismo para emprender los cambios necesarios. Presionemos a nuestros gobernantes para que dejen de matar, de dividir, de robar y en vez de mantener al pueblo en la esclavitud, el hambre y la mendicidad, le devuelvan su dignidad y su protagonismo. Nuestra patria puede aún levantarse de su tumba y resucitar a una vida nueva. No estamos solos. El Señor Jesús, con toda la fuerza de su vida y de su amor, camina con nosotros. Con caridad y misericordia trabajemos unidos por la reconciliación de nuestra Patria.
Les invito a acoger las dos invitaciones que nos ha hecho la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), en su reciente mensaje del 19 pasado:
a) Organizar este domingo de resurrección u otro cercano, en cada una de nuestras comunidades parroquiales, una olla solidaria, una mesa de misericordia, un convite fraterno con los pobres y necesitados, en la que todos participemos como expresión de nuestra fe en esta nueva vida en Cristo resucitado.
b) Llevar a cabo, en el fin de semana del 19 al 22 de abril, en todas las comunidades parroquiales de Venezuela una jornada nacional de oración, al estilo de las “Cuarenta Horas”, acompañadas con gestos significativos de misericordia y caridad.
¡No tengamos miedo! ¡La piedra ya está corrida! ¡El sepulcro está vacío! ¡El crucificado está vivo para siempre! Con humildad y valentía, pongamos nuestra parte, como María de Nazaret y sus compañeras, para que la luz y la vida de Cristo resucitado, que empezó a desparramarse por el mundo en la noche de Pascua, salgan al encuentro de nuestros hermanos, ilumine sus senderos y transforme sus existencias. Nuestra Iglesia, nuestro país, el mundo entero, por donde se están regando tantos compatriotas, lo necesitan hoy más que nunca.
¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Jesucristo ha resucitado!
Maracaibo, 31 de marzo de 2018.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


jueves, 29 de marzo de 2018

EL SACERDOTE MINISTERIAL UN SER TOTALMENTE RELATIVO


EL SACERDOTE MINISTERIAL UN SER TOTALMENTE RELATIVO


Solo Dios es absoluto, Sin principio ni fin. Nosotros los sacerdotes, como todas las criaturas, nosotros somos relativos.
Ser relativos significa en nuestro caso que estamos en estrecha relación, bajo régimen de dependencia, de cuatro instancias o realidades: de Dios creador, de Cristo pastor y cabeza de la Iglesia, su cuerpo; de una Iglesia concreta a la que somos incardinados por la misma ordenación en un presbiterio; finalmente al pueblo al que somos enviados a pastorear. Esta condición está muy claramente expresada en el texto clásico de la carta a los Hebreos: “Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios” (Heb 5,1). Alguien nos ha tomado; alguien nos ha colocado y nos encomendado una clara misión. Nada de eso lo escogimos nosotros por nuestra propia y sola cuenta.
Existimos porque Dios nos ha creado. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). Hemos elegido la vocación sacerdotal porque Jesús nos llamó primero: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto que permanezca “(Jn 15, 16). Esa elección y ese llamado se concretaron por medio de la Iglesia. No nos auto-ordenamos, ni nos auto-elegimos ni nos auto-enviamos.
Representantes de la Iglesia discernieron la autenticidad de nuestra vocación y nuestra idoneidad y, una vez confirmadas, un obispo debidamente autorizado nos confirió el sacramento del Orden. En el mismo rito sacramental de la ordenación fuimos incorporados a un presbiterio. Para manifestarlo todos los presbíteros presentes fueron pasando, uno por uno, nos impusieron las manos y luego nos acogieron dentro del colegio con un abrazo fraternal. Y finalmente fuimos enviados por un obispo al pueblo de Dios para asumir, con y para él, nuestra misión.
Desde cada una de esas dimensiones se viven todas las demás. En la vivencia fiel, gozosa y perseverante de estas cuatro dimensiones está el secreto de nuestra santificación y del sentido de toda nuestra vida. El diablo nos tentará para romper esos cuatro vínculos fundamentales. En el fondo es la misma tentación que enfrentó la primera pareja humana: la tentación de desgajarse de Dios, de independizarse de Él y hacerse a sí mismos dioses: “Se les abrirán los ojos y serán como como Dios” (Gen 3,5). Ya sabemos que la ruptura de este vínculo fundamental dividió la pareja humana, envenenó las relaciones fraternas y sometió a ruda esclavitud la creación entera. Volverse auto-referentes. Es el primer pecado capital: el orgullo, padre y raíz de todos los demás pecados.
Somos presbíteros según el corazón del Gran Pastor en la medida que vivimos en lo concreto de lo cotidiano esas cuatro dependencias. Vivir, existir y movernos en nuestro Padre Dios para glorificar y santificar su nombre. Permanecer en Cristo. Somos ramitas de la gran vid y solo unidos a ella damos fruto: “Separados de mí no pueden hacer nada” (Jn. 15,4).
Pertenecemos a un presbiterio. El presbiterio no es una entelequia, una simple estructura. Es la realidad donde puedo vivir concretamente la incorporación a nueva familia diocesana. Vivir intensamente la realidad de la incardinación: la comunión, la fraternidad sacerdotal, el fortalecimiento de nuestro presbiterio y la práctica de la solidaridad y la comunión de bienes. Un presbítero que vive desgajado de su presbiterio, que hace todo por su cuenta, es un presbítero en riesgo, que funciona a medio o a cuarto de máquina.
Finalmente somos enviados a una porción de pueblo. No escogemos nosotros la porción que más nos gusta. Somos don de Cristo Jesús para esa comunidad eclesial a donde me envía el Obispo. Vamos allí como simples servidores, no como dueños (Cf 1 Co 3,5-9). No llegamos a tumbar lo que los anteriores hicieron y a dejar nuestra propia huella. Llegamos para continuar la obra emprendida y dar nuestro aporte para que allí los bautizados avancen y, a partir de lo ya caminado, se constituyan en sujetos vivos y activos del pueblo de Dios. “Unos siembran y otros cosechan. Yo los envié a cosechar donde no han trabajado; otros trabajaron ustedes recogen el fruto de sus trabajos” dice el Señor (Jn 4,38). Esa porción de pueblo no me pertenece y debo estar pronto a salir a otro sitio cuando el Obispo nos lo pida (Cf Mc. 1,38). ¡Qué triste cuando un presbítero se aferra a una parroquia y no la quiere soltar! ¡Qué inmadura aquella comunidad que quiere a toda costa retener un sacerdote a su exclusivo servicio y dedicación!

LA EUCARISTÍA, EL VINCULO DE LOS VINCULOS

¿Cómo vivir fiel y alegremente este cuádruple nudo? Esos cuatro vínculos están todos atados por la fuerza del amor contenida en la eucaristía. La eucaristía es el culmen y la síntesis de la historia de amor de Dios por la humanidad y que se ha manifestado en Cristo Jesús su hijo. Es el horno ardiente, el manantial de donde brota nuestra identidad y de nuestra misión.
Hoy, jueves santo, Jesús, antes de ir al sacrificio redentor, nos entrega primero la eucaristía, luego nos instituye como sus ministros calificados y finalmente entrega el mandamiento del amor, pidiéndonos que, siguiendo su ejemplo, lo vivamos en una dimensión servicial y samaritana. El mandamiento cristiano, dentro de la comunidad eclesial, solo es posible vivirlo y comunicarlo a partir de la eucaristía y si nos nutrimos de ella.

Solo desde ella se vuelve una carga ligera y un yugo llevadero. Es en la eucaristía donde encontraremos la fuerza y la pasión de amor necesarios para ser fieles a esas cuatro dimensiones fundamentales de nuestra identidad y vocación. Amor filial al Padre, amor fraternal con Cristo, amor familiar con la Iglesia y el presbiterio; amor esponsal con el pueblo.
Y solo hay eucaristía si hay sacerdotes ministeriales para presidirla.  Contar con candidatos al sacerdocio no es asunto ante todo de campañas o pastorales vocacionales. No es que eso este mal, no. Pero es ante todo un asunto que atañe las comunidades cristianas en cuanto tales. Cuando el pueblo de Dios llegue a valorar realmente lo que significa la eucaristía para poder vivir el mandamiento del amor pedido por Jesús, según el modelo de Jesús y hacer presente su Reino, se empeñará entonces a fondo para lograr que Dios envíe esos operadores, esos pastores que la puedan celebrar.
Los primeros cristianos perseguidos que sus adversarios trataban de apartar de la misa dominical respondían: “Sin eucaristía no podemos vivir”. Una comunidad eclesial sin presbíteros, que no promueve dentro de si las vocaciones, es una comunidad que no ha llegado aún a su madurez eucarística y se encuentra en grave estado de desnutrición evangelizadora.
Jueves santo 2108.
+Ubaldo R Santana Sequera fmi
Arzobispo de Maracaibo

martes, 27 de marzo de 2018

MISA CRISMAL 2018 - HOMILÍA


MISA CRISMAL 2018
HOMILÍA

 
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús,
Todos los que estamos aquí congregados, estamos conscientes de la gran importancia de la fiesta de hoy y muchos de nosotros deseamos ardientemente estar en ella y vivirla con gran fervor. De manera especial para mi, por ser la última misa crismal que presidiré como arzobispo.  En efecto la Misa crismal es única en toda la arquidiócesis y constituye un momento de máxima expresión visible de lo que es nuestra Iglesia local marabina.
Dos son los aspectos relevantes de esta celebración que vamos a vivir juntos esta mañana: la manifestación de la Iglesia como Pueblo Santo de Dios y Cuerpo de Cristo, totalmente ministerializado, y el significativo lugar que ocupa, dentro de ese Cuerpo, el sacerdocio ministerial. Fiesta de la Iglesia local. Fiesta del sacerdocio: supremo y único en Cristo, pleno en el Obispo, bautismal en el pueblo y ministerial en los presbíteros.
LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS Y CUERPO DE CRISTO
Toda la arquidiócesis se encuentra, hoy aquí, simbólicamente presente en las naves de nuestro vetusto templo catedralicio. Aquí están las parroquias de la Guajira con toda su realidad  cultural indígena y fronteriza; las comunidades antiguas y nuevas, llenas expectativas y esperanzas, de San Francisco y La Cañada; las viejas parroquias históricas y las nuevas realidades cristianas de la gran ciudad de Maracaibo, que brotan, llenas de vida y grandes desafíos evangelizadores, en su expansión por el oeste y el norte; las extensas comunidades misioneras esparcidas por los municipios Jesús Enrique Lossada y Almirante Padilla.
Aquí está toda la riqueza ministerial del cuerpo marabino de Cristo Jesús, en constante crecimiento: la gran familia de los presbíteros seculares y religiosos, los diáconos permanentes, los bautizados de especial consagración, los candidatos al sacerdocio ministerial y al diaconado permanente, los laicos y laicas que han recibido delegaciones ministeriales diversas, la polícroma gama de asociaciones, movimientos apostólicos y realidades eclesiales de ayer y de hoy.
Todos, con los que nos siguen por los medios de comunicación social, las redes sociales, conformamos un solo pueblo, el pueblo santo de Dios. Todos formamos una gozosa y abigarrada multitud llena de amor mariano chiquinquireño. Por todos nosotros Cristo Jesús, Alfa y Omega, murió y resucitó y nos ha asociado a él por el agua, la Palabra y el Espíritu Santo. Exultamos jubilosos porque Cristo Jesús ha pagado con su preciosa sangre nuestra redención definitiva. Ahora somos, partícipes de su misma unción, linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios; en otro tiempo no éramos pueblo; ahora somos pueblo de Dios (1 Pe 2,9-10). ¡Que viva Cristo Jesús, nuestra cabeza!





Cristo es nuestra cabeza. Como pueblo mesiánico, hemos sido revestidos de la dignidad y libertad de los hijos de Dios. En nuestros corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tenemos por ley el mandato de amar y de dar la vida los unos por los otros como el mismo Cristo nos amó y se entregó por nuestra salvación. Tenemos, últimamente, como fin la dilatación del reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra. Constituidos en Iglesia por Cristo, en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, somos instrumento de la redención universal y hemos sido enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (Cf LG 9).
Para cumplir con esta misión, el Espíritu Santo ha derramado sobre este pueblo santo toda clase de carismas, dones y servicios. Es la misma composición que Pablo nos describe: “Constituyó a unos apóstoles, y a otros profetas; a unos predicadores del Evangelio y a otros pastores y maestros, preparando así a su pueblo santo para el servicio eficaz de la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe” (Ef. 4,11-13).
Todo esto ha sido recogido en la Idea-Fuerza que mueve y dinamiza sinérgicamente en el Plan Global de Pastoral: “La Arquidiócesis de Maracaibo, Pueblo de Dios conducido por el Espíritu Santo a través de los ministerios, carismas, dones y acompañado por la Chinita, vive, celebra y anuncia su experiencia de Cristo en comunión, participación y misión permanente como signo y presencia del Reino de Dios”. ¡Que viva nuestra Iglesia arquidiocesana marabina!
LA FIESTA DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
Hoy pues la Iglesia quiere que celebremos el supremo y único sacerdocio de Cristo. Que celebremos el sacerdocio bautismal. Él ha querido conferir el honor de este sacerdocio real a todo su pueblo santo, el llamado sacerdocio bautismal que todos compartimos. Hoy la Iglesia también quiere que celebremos el sacerdocio ministerial que Cristo Jesús con amor de hermanos ha querido compartir con los obispos y a través de estos con los presbíteros. Hoy es la fiesta del presbiterio marabino. Un sacerdocio ministerial al servicio de la construcción de una Iglesia plenamente ministerializada y misionera.
Como nos lo recuerda el prefacio de hoy, son varones llamados y elegidos, con amor de hermano, por el mismo Cristo Jesús, entre los bautizados del pueblo de Dios, hombres entre los hombres, para que, por la imposición de las manos, en el sacramento del Orden, participen de su sagrada misión y pongan la potestad sagrada que reciben al servicio de la formación y dirección del pueblo sacerdotal, lo alimenten con la eucaristía y los demás sacramentos. Cuiden del “del rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20,28).
Estos servidores serán reconocidos dentro de la comunidad cristiana como otros cristos, por la entrega de su vida por su Señor y la salvación de sus hermanos; por su permanente búsqueda de configuración con Cristo cabeza y pastor, y su constante, alegre y fiel testimonio de caridad en la construcción de comunidades fraternas, solidarias y misioneras.
No hay obispo sin presbiterio ni presbiterio sin obispo Este ministerio tan precioso para el crecimiento y fortalecimiento de las comunidades cristianas se presenta hoy estrechamente unido al ministerio del Obispo. La Liturgia presenta hoy al obispo como la cabeza visible de la Iglesia local y el garante de su unidad y comunión con la Iglesia universal. En este servicio recibe la indispensable colaboración de los presbíteros y de los diáconos permanentes. Este es el significado de la concelebración de todo el presbiterio.
La consagración del santo crisma y la bendición de los óleos, materia prima de los sacramentos, por parte del Obispo, rodeado de la corona presbiteral y diaconal diocesana, en presencia de toda la Iglesia local, pone de manifiesto que el Cuerpo de Cristo solo se construye en la medida en que el pueblo santo de Dios, gracias a la entrega servicial de sus ministros, se nutre de Cristo, se articula en Cristo, crece por medio de Cristo y hace a Cristo presente y actual hoy en Maracaibo y en el mundo.
El pueblo de Dios necesita a sus presbíteros. Los presbíteros necesitan de sus hermanos laicos y de sus comunidades. Hermanos. Ayuden a sus sacerdotes a ser santos, a cumplir con la vocación a la que han sido llamados, con las promesas que han hecho en el día de su ordenación y renuevan en cada misa crismal todos juntos ante su Obispo. ¿Qué prometen? Unirse más fuertemente a Cristo, configurarse con El, renunciando a sí mismos. ¿Qué prometen? Ser fieles dispensadores de los misterios de Dios principalmente en la eucaristía; desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor. Prometen ser desprendidos de los bienes temporales y tener por única motivación de su misión la evangelización integral de sus hermanos. El sacerdote no tiene otra fuente de felicidad que la de desgastarse para que sus hermanos vivan y vivan plenamente en Cristo Jesús.
Queridos hermanos, tanto los sacerdotes que están aquí como los que no pudieron venir o están fuera del país, ancianos, adultos mayores, adultos y jóvenes, han abandonado barcas, redes y familia, como los primeros apóstoles, para seguir a Cristo. Quieren sinceramente ponerse a tiempo completo al servicio de todos, sin buscar otra recompensa que el anuncio de Cristo muerto y resucitado, la salvación de su pueblo, en todo, la gloria de Dios. Ayúdenlos, apóyenlos.
No vienen empaquetados y hechos santos de una vez. Son hombres vulnerables y débiles como todos ustedes. Están sometidos a las mismas tentaciones que todos ustedes. Pasan por las mismas necesidades y carencias que todos ustedes. Si quieren tener pastores, cuídenlos, protéjanlos. El diablo los tienta como a Jesús, como a ustedes, con la tentación del pan. Y ante tantas carencias sienten el deseo de huir de este país, no seguir pasando hambre y necesidades, de buscar otra vida más cómoda y fácil fuera de las fronteras. Oremos por ellos, démosle nuestro apoyo, nuestros consejos. Estemos pendientes de ellos. No los dejemos solos ni dejemos que se aíslen de su obispo, de sus demás hermanos, de su comunidad, de su Iglesia diocesana.
Animémosles a seguir adelante, felicitémosles en sus fechas significativas, compartamos sus éxitos y fracasos, sus alegrías y sus penas. En una palabra, amémosles de corazón y hagámosles sentir cuanto apreciamos su ministerio, su entrega, su abnegación, su disponibilidad. Ayudémosles a vivir en estrecha comunión con su obispo, a aceptar de buen grado los cambios, a sostenerse en fraterna solidaridad entre ellos, a vivir con gozo el celibato por el Reino de Dios.
En esta Venezuela que nos toca vivir, nada es fácil. Todos los caminos están erizados de obstáculos y dificultades. Nunca ha sido fácil ser sacerdote de Cristo. Pero ahora, aquí en Venezuela, esta vocación es más difícil que nunca. Eso no debe desalentar a nuestros jóvenes ni a nuestros seminaristas. Necesitamos pastores heroicos, fuertes, capaces de acompañar a su pueblo para atravesar cualquier tempestad que se atraviese en el camino.
No quiero concluir esta homilía sin expresar mi más hondo y sentido agradecimiento a todos y cada uno de los sacerdotes y diáconos permanentes, presentes y ausentes, incluyendo a los que nos han precedido en el camino a la casa del Padre; a todos los equipos pastorales que han trabajado estrechamente a mi lado, tanto en la Curia como en las parroquias, cuasi parroquias y rectorías, cada uno según sus carismas y dones; a todos los laicos asociados y a la feligresía en general por el hermoso servicio evangelizador y misionero que han llevado a cabo junto a mí. Espero seguir contando con sus oraciones.
 Oremos también para que el Señor les depare el pastor según su corazón para que esta bella, mariana y promisoria Iglesia local marabina, se interne mar adentro o mejor lago adentro echando las redes con confianza, audacia y creatividad en nombre del Señor.
María Santísima, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, que realizó hasta el final su itinerario de fe, nos acompañe, anime y fortalezca durante estos días santos, a fin de que podamos recoger abundantes frutos de conversión y santidad. Amén.
Catedral de Maracaibo 27 de marzo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



domingo, 25 de marzo de 2018

DOMINGO DE RAMOS DE 2018 HOMILÍA


DOMINGO DE RAMOS DE 2018
HOMILÍA


Muy queridos hermanos,
Hoy Jesús llega a Jerusalén para cumplir la misión para la cual lo envió su Padre al mundo. Vamos a vivir con él la última semana de su ministerio, antes de enfrentar su pasión dolorosa, su cruz, su muerte y su sorprendente y admirable resurrección. Con el inicio de la Semana Santa, nosotros también estamos llegando al término de nuestro camino cuaresmal.
En el primer momento de esta liturgia, hemos contemplado a nuestro Señor entrar, a lomo de borrica, en la ciudad santa, al son de gritos y aclamaciones. La Iglesia desea que contemplemos bien al que entra. No es un personaje cualquiera. Las lecturas escogidas para este día nos dicen que se trata de una persona humilde y paciente, pero firme y tenaz en su entrega. Lo llama un siervo de Dios, bien dispuesto a llevar a cabo la misión encomendada y bien capacitado para ella. Posee la lengua de discípulo que sabe llevar, en nombre de Dios, consuelo al abatido. Cuenta con un oído despierto y atento a la voluntad de Dios y a los sufrimientos de su pueblo. Su confianza en Dios que lo envía es tal que acepta el sufrimiento que trae consigo el cumplimiento de su misión y enfrenta con valentía y abandono los ultrajes que le infligen para acallarlo.

Pablo, en la segunda lectura, le pone nombre a ese servidor. Es Jesús. Y nos pide que lo contemplemos primero en el trayecto que lo lleva desde el sublime sitial de su divinidad a la más sumisa condición de esclavo y luego en su ascensión gloriosa cuando su Padre lo levanta de la muerte y lo coloca en el puesto supremo que merece la adoración y la alabanza de toda la creación.  Este recorrido de Jesús, a la gloria por el vaciamiento de si mismo, es la manera de Dios de decirnos cuánto y hasta donde nos ama y nos quiere arrancar de lo más bajo de nuestra condición pecadora para hacernos entrar en su vida trinitaria.
El relato de la Pasión según S. Marcos tiene dos partes bien distintas: en la primera, Jesús lo acompañan sus discípulos; en la segunda, a partir de su prendimiento en el jardín de Getsemaní (Mc 14,50) cuando sus discípulos huyen, queda solo, a merced de sus adversarios. Todos los personajes que saldrán en su ayuda serán gente nueva: Simón de Cirene, el oficial romano, José de Arimatea y tres de sus seguidoras.
Con este relato, Marcos, fiel al propósito de su evangelio, nos quiere llevar al corazón de la fe cristiana. El encargado de proclamarla será el oficial romano encargado de llevar a cabo la ejecución del reo. De su boca sale cuál es la verdadera identidad del crucificado: “Realmente este hombre era Hijo de Dios” (Mc. 15,39). Esta profesión de fe no la hace ninguno de los discípulos. No la hacen las mujeres acongojadas y llorosas. La hace sorprendentemente un pagano.

Uno de los elementos fundamentales de la pasión del Señor es la soledad. Jesús va a vivir el abandono, la desolación espantosa.  Aquellos que lo debían de acompañar en Getsemaní se durmieron, en el Gólgota ya no estaban. En su momento más desolador Jesús está rodeado de enemigos que lo odian, lo desprecian y buscan, a como dé lugar, su ejecución y muerte.
Hay mucho que aprender en la pasión del Señor sobre la condición humana: la debilidad humana; la necesidad de orar y velar permanentemente para poder afrontar las pruebas “porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mc 14,38). El evangelio de hoy nos revela también la necesidad, para poder ser verdaderos discípulos de Jesús, de acompañarlo hasta el pie de la cruz. Sólo, allí, al pie del crucificado, es donde se puede descubrir, con el centurión romano, su verdadera identidad. No se puede ser discípulo a medias tintas, solo en la parte fácil del recorrido del Maestro y eximirse de seguirlo en sus horas amargas y oscuras.  Hay que ir con él hasta el final; hacer esa opción radical por él, que nos lleva donde quizá no queríamos ir, con quien quizá no queríamos estar y hacer lo que quizá no queríamos emprender.
Si nosotros también aceptamos hacer el camino completo de ese viacrucis, se nos abrirán los ojos y se nos ablandará el corazón para descubrir en ese siervo sufriente, anunciado por Isaías, que muere ignominiosamente como un vulgar asesino en la cruz, entre dos ladrones, al Hijo de Dios, al Mesías, al Señor. Entonces la Cuaresma habrá alcanzado en nosotros su cometido y nos habrá llevado al término del camino. El descarnado relato del evangelista nos lleva a nosotros también a medir la autenticidad de nuestra fe y la fuerza de nuestra determinación cuando nos declaramos cristianos, es decir discípulos y seguidores de Jesús. ¿Somos semi-discípulos o discípulos completos? ¿Seguidores en las maduras y “si te veo no te conozco” en las verdes?

Hermanos míos, no desaprovechemos esta gracia inmensa que se nos otorga de celebrar esta semana mayor 2018. Cada uno de estos días santos, al rememorar lo que le tocó al Señor vivir, meditemos y reflexionemos sobre lo que significa nuestra condición discipular y tomemos muy en serio la respuesta que le vamos a dar. No nos vaya a pasar lo que le ocurrió al pueblo de Jerusalén, que el domingo coreó y alabó a Jesús como Mesías, en las puertas de la ciudad, y el viernes siguiente, instigado por infiltrados pagados por las autoridades religiosas del momento, pidieron su ejecución.  
Fíjense, que este comportamiento es muy parecido al de los discípulos. Mientras Jesús les hizo milagros y curaciones y se presentó triunfante y poderoso, lo vitorearon, pero en cuanto apareció débil y derrotado lo abandonaron. Ya el mismo Señor lo había anunciado en varias oportunidades y la visión anticipada de lo que iba a suceder, estando ya en las cercanías de la ciudad santa lo hizo llorar (Lc 13,41) y de su corazón brotó este amargo reproche: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te han sido enviados! ¿Cuántas veces quise reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no quisiste?” (Mt. 23,37).
Que a nosotros no nos pase lo mismo. La agobiante incertidumbre que vivimos en Venezuela, la búsqueda cotidiana de comida, de medicinas, de efectivo, de transporte; el dolor de ver partir lejos a nuestros seres queridos; la inseguridad de todo tipo que nos rodea, nos puede llenar el corazón de resentimiento, de odio y de malos deseos en contra de los que consideramos culpables de nuestra miseria y abandono. Es grande la tentación de buscar el pan a cualquier condición, de enfrentarnos unos contra otros, de crear más barreras y divisiones de las que ya existen. Corremos el riesgo de perder el tesoro más grande: la paz interior y la tranquilidad necesaria para ser receptivos a lo que Dios nos quiere decir a cada uno de nosotros.
La Pasión del Señor continúa hoy en la vida sufriente y dolorosa de los venezolanos y de tantos pueblos del mundo. Son muchas las personas y los lugares que hacen realidad lo que Jesús vivió en la última parte de su vida terrenal. La lista de sufrimientos es larga, las víctimas innumerables, Bien decía un escritor, la pasión de Cristo durará hasta el fin del mundo. Mucha maldad, mucho odio que redimir, muchos Caín que perdonar, muchos Pedro que rescatar. Que nuestra desolación no nos haga insensibles al grito de los que sufren más que nosotros: nuestros niños desnutridos y en grave peligro de muerte, nuestros ancianos abandonados por los que se van y los dejan solos, los presos por manifestar sus convicciones políticas.
Que los ramos que llevamos en las manos-que este año ha costado conseguir- y esta misa de la Pasión nos disponga a vivir esta semana santa, no como espectadores indiferentes sino desde dentro, desde el mismo corazón doliente del Señor. Que la fuerza de amor que brota del crucificado penetre hondo en nosotros, para que no nos devore el miedo, no nos asfixie la desesperanza, no nos divida el odio, no nos malee la desconfianza, no nos contamine la tristeza y no nos apague el amor y la solidaridad.

En esta semana mayor, del amor en mayúscula, como nos invita la Campaña Compartir, hagámonos cercanos, sensibles, de los que necesitan nuestra cercanía y amistad. Judas se valió de gestos tan entrañables como el abrazo y el beso para traicionar. Que nuestros besos y abrazos sean para hermanar, acoger, integrar. Ese fue el camino recorrido por el Beato Arnulfo Romero, arzobispo de S. Salvador, cuyo martirio recordamos ayer. Ese es el camino completo de quien quiere seguir del Señor. Vayamos con él juntos hasta el final.
Catedral de Maracaibo 25 de marzo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo